Macho alfa

La competencia entre los seres humanos es tan pleistocénica como la vida misma. Tan antigua como el sexo, que describe así Juan Eslava Galán en su «Enciclopedia»: «La primera representación del coito frontal español se encuentra en la cueva de los Casares (Guadalajara, entre 23.000 y 13.000 a. de C.). ¿Qué vemos en la cueva? Un sujeto introduce frontalmente su descomunal pene en una dama de óptimo trasero. Ella parece concentrada en la faena, pero a él se le ve un tanto distraído, dado que vuelve la cabeza para observar el entorno. ¿Teme la súbita aparición de algún rival...?»

La rivalidad es, quizás, la esencia de la superación, lo que se supone que nos hace mejores. Entre Cristiano Ronaldo y Messi la competición se limita a los 105 por 70 y sus consecuencias. Todo lo que esta pareja gana ahí dentro repercute más allá de los muros del estadio. La trascendencia. Combaten a golazo limpio, concurren a veces juntos, pero no mezclados, a las ceremonias donde son agasajados –cómo olvidar la arrobada mirada de Ronaldo a Antonella Roccuzzo en la entrega del Balón de Oro de hace dos años–, se felicitan, se sonríen, marcan el terreno y se citan para la siguiente batalla en un campo universal. Disputan la Champions, la Liga y el Mundial, aunque no se crucen sus caminos.

El sábado, después de las interminables elecciones catalanas, del Gordo y antes de la cena de Nochebuena, se citan en el Bernabéu. No es la guerra de los mundos, pero sí la de los machos alfa. Posiblemente Messi, tras la enésima renovación, se ha convertido en el futbolista mejor pagado del universo, por delante incluso de su amigo Neymar; circunstancia que tiene a Cristiano en un sinvivir, y se hace la siguiente reflexión: «Si soy el mejor del mundo, tendré que ser el mejor pagado». Blanco, sí; pero no en botella. FP tiene la palabra.