Mano de santo

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Miércoles, 17 de abril, mediodía... Voy camino de casa y me aborda, en una de las calles de mi barrio, una señora de mediana edad y expresión risueña.

–¡Hola! –me dice.

–¿Puedo hacerle una pregunta?

–Puede.

–¿Cuál es su secreto? ¿Con quién ha firmado un pacto? ¿Cómo se las apaña para tener tan buen aspecto y estar en tan buena forma con más de tres cuartos de siglo a cuestas, una vida vivida a fondo y tres by-passes en el corazón? Me echo a reír. Estoy acostumbrado a escuchar esa pregunta. Mi interlocutora sigue:

–Le veo en todas partes al mismo tiempo: Telemadrid, «El Gato al Agua», «la Sexta Noche», «Próximo Milenio», «El Hormiguero»... Le oigo en la radio: lo de Manolo Hache, lo de Isabel Gemio, lo de Luis Herrero. Publica un par de libros al año. Escribe en «El Mundo», en «elmundo.es», en «La Razón». Da conferencias en cuatro continentes. Lo mismo está usted en Castilfrío que en las quimbambas. Y, encima, concibe un hijo a la edad en la que todo quisque es abuelo, por no decir bisabuelo, sin recurrir a ninguna técnica de fertilización. Pasmoso. Vuelvo a reírme. Ella insiste...

–¿Son sus famosas pastillas? ¿Es el sumo reishi? ¿Es el superóxido de la enzima dismutasa, el revidox, la keriba, el champán Mumm, las ostras, los nutracéuticos, el cialis? ¿Son los genes? ¿Es usted amigo del diablo? Excepto en lo último, está muy bien informada.

–Dígame el secreto, por favor.

¿Cómo negarme? ¡Es tan simpática! Se lo digo:

–Mire usted, señora... Las pastillas ayudan. Los genes, supongo, también. Pero de poco serviría todo eso si no cuida lo más importante: tener la conciencia tranquila. Se lo aseguro. Mano de santo. Nunca mejor dicho.Y, para colmo, no tiene ninguna contraindicación, es buena para el prójimo y sale gratis. ¿A qué esperan?