Matar a Prim

Desde hace años he venido siguiendo las investigaciones relativas al asesinato de Prim con especial interés. No era para menos teniendo en cuenta que la versión oficial siempre ha resultado insostenible a todas luces y que, por añadidura, el magnicidio implicó el inicio de una deriva que liquidó la primera democracia española e implicó un retroceso en el tiempo. Hasta la fecha, los verdaderos asesinos de Prim se habían mantenido en la oscuridad y ni el estudio realizado en su día por el abogado Pedrol Ríus, ni distintas biografías del gallardo general ni mucho menos alguna mala novela reciente habían contribuido un ápice a disipar las tinieblas de la conjura. Ese mérito le ha correspondido a un conjunto de investigadores encabezados por el doctor Francisco Pérez Abellán, solucionando, de una vez por todas, el enigma. Prim fue víctima de una conjura articulada por alguien que aspiraba al trono de España – Montpensier– y que gastó en el intento sumas fabulosas. Junto a él figuró una serie de personajes –como el general Serrano– que no creían en la monarquía constitucional nacida de la Gloriosa. Prim fue emboscado en la calle del Turco de manera que no pudiera sobrevivir, pero, por añadidura, los impactos de bala lo dejaron totalmente incapacitado. Lejos de subir sangrando las escaleras de palacio y de pasarse varios días pronunciando frases solemnes, Prim murió posiblemente en el atentado, aunque el análisis forense muestra que, para impedir su recuperación, fue rematado estrangulándolo con un lazo. Durante las horas siguientes, sus enemigos irían articulando paso tras paso para abortar la monarquía democrática. El crimen fue un éxito. No se puede decir lo mismo de los resultados. Ciertamente, la primera experiencia democrática española derivó en un caos que pasó por una monarquía tristemente fallida y una primera república caótica. Ciertamente, la Restauración canovista implicó un retroceso en los avances de la revolución de 1868. Sin embargo, ni Montpensier se sentó en el trono, ni su hija casada con Alfonso XII proporcionó un heredero regio ni la nación superó los dramáticos vaivenes del siglo XIX. Los asesinos lograron la impunidad, pero la nación sufriría las consecuencias del atentado durante décadas. Matar a Prim –un cuidadoso relato de la investigación– encierra muchas lecciones, pero quizá la más actual sea la que afirma que aunque un crimen de Estado no pueda ser imputado a sus autores, a fin de cuentas, los resultados se pueden traducir en un verdadero castigo para la nación en cuyo seno se perpetró.