Meritocracia y nepotismo

La Razón
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El término meritocracia significa «debida recompensa», concepto acuñado en 1958 por el sociólogo británico Michael Young, y es definido como el sistema político que se basa en el mérito, es decir, las posiciones de dirección en un determinado puesto se obtienen en base al merecimiento, la virtud, el talento, la formación, la competencia y la aptitud específica, y se basa en el desempeño de cargos de creciente importancia, hasta donde lleguen las posibilidades evolutivas y la combinación de circunstancias de poder y de apoyos de cada uno, con un justo reconocimiento de los méritos acumulados a partir de una base de igualdad de oportunidades, a pesar de la dificultad de definir de forma precisa qué se entiende por mérito. El término recibe feroces críticas por parte de la izquierda populista, al jalear que la promoción por méritos produce una clase dirigente conocida en España por el manido término de «casta» y que usan de espantajo personajes bolivarianos como Pablo Iglesias; añaden que la meritocracia deniega el acceso a la formación a una parte importante de la población, al copar los puestos principales individuos que pertenecen a la clase dominante. Obviando las críticas antiliberales, el concepto es el más utilizado en las empresas privadas, a partir de primar criterios de valorización para los empleados y también en la Administración pública con el objetivo de combatir la sucesión de cargos y el favoritismo, prevaleciendo las competencias sin estar relacionadas con los enchufes, promociones familiares, religión, sexo o bien favores debidos, entre otras causas, y que sin duda la meritocracia permite crear una sociedad justa, evidenciando que lo logrado por los individuos es gracias a los propios esfuerzos y méritos acumulados a lo largo de su vida.

En la Cataluña del gobierno radical y separatista de Puigdemont prima el nepotismo, en el que no importan el mérito o las cualidades profesionales sino la ideología nacionalista, la lealtad al proyecto pujolista siguiendo las pautas trazadas por el enorme sistema corrupto que mal gobierna nuestro viejo principado. Personajes sin ninguna formación académica detentan el poder, como el promocionado presidente de la Generalitat, cuyo único mérito para alcanzar el poder fue su larga militancia en las filas convergentes, servir fielmente en los medios de comunicación subvencionados que pueblan y ocupan el espacio mediático catalán y que fue propuesto al cargo tras descorrer las cortinas de la joya de la corona de Girona. La fórmula «Coeficiente Intelectual + Esfuerzo = Mérito» ha sido sustituida en Cataluña por una ecuación simple, «Separatista = Sueldo público», ideada en el averno convergente y promocionada en los últimos treinta años con el beneplácito de los gobiernos españoles que han preferido obviar el problema catalán sin saber afrontarlo con la debida contundencia. El próximo objetivo del nepotismo separatista es integrar a la Comunitat Valenciana y las Illes Balears en el marasmo nacionalista, punto final de la arquitectura de los llamados «Paisos Catalans». Conseguir el gobierno de los mejores en Cataluña debe ser el objetivo prioritario de los partidos constitucionalistas y devolver la cordura a nuestra enferma sociedad catalana a través de una estrategia inteligente y consensuada con el Gobierno de España.