Morir de frío

La semana pasada nos enteramos de que un chaval sin hogar había muerto de frío. No es el primero, todos los inviernos cae alguno, a pesar de los albergues a los que muchos no quieren o no pueden ir. No pueden, por ejemplo, los que tienen perros como compañeros de fatigas. Son bastantes, los vemos por la calle con sus animalitos pegados. A las personas que viven en la calle les han fallado muchas cosas, a algunos su propia cabeza, pero sin duda a todos les ha fallado la sociedad con su indiferencia, los políticos con sus guerras de pacotilla, la familia con su desesperación ante ese hijo al que quizá ya no pueden dar más. Lo que nunca les ha fallado ha sido su peludo, al que le da igual comer cualquier cosa o dormir en cualquier lugar con tal de que sea a la vera de su humano. Parece que los ayuntamientos llevan mucho tiempo pensando cómo arreglar este asunto. Pero mientras piensa, la gente sin hogar se sigue muriendo en las esquinas.

Conozco bien a las personas sin hogar, llevo años haciendo teatro con ellos, y les aseguro que la mayoría son seres de una sensibilidad extrema, gente sin recursos para defenderse del mal. Hay que cambiar la forma de ayudarlos. Hay que darles hogar, no albergues estrictos; hay que dejarles estar en pareja y con sus animales; hay que ayudar a los que quieren integrarse y a los que no. Algunos países ya lo hacen con éxito. Les aseguro que es tan posible como apremiante