Nada será igual

La Razón
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El PSOE ya no volverá a ser el mismo, al menos durante algún tiempo. El Partido Socialista decidió hace un siglo que debía ocupar el poder político en las instituciones de gobierno para emprender las reformas sociales coherentes con su modelo de sociedad.

Un socialista no puede servir a la sociedad siendo oposición eternamente, porque no puede cambiar nada. Ser minoría sólo le sirve personalmente a quien ocupe el escaño, pero se queda lejos de los objetivos para los que nació el partido.

Partiendo de esa premisa, siempre la organización socialista ha defendido, protegido y cuidado a sus respectivos gobiernos. Sólo mostrando la transformación de la sociedad de los gobiernos socialistas se puede obtener el aval necesario para volver a tener la confianza electoral.

Sin embargo, esto empezó a quebrarse cuando se demonizó, desde el propio PSOE, la gestión del presidente José Luis Rodríguez Zapatero asumiendo como ciertas las críticas de sus adversarios políticos. Consecuencia: si los tuyos no te defienden, e incluso te critican, tus enemigos están en lo cierto.

Posteriormente, con el Sr. Pedro Sánchez al frente del partido, se inicia una auténtica campaña de desacreditación de los presidentes autonómicos socialistas, a pesar de ser, junto a los alcaldes, los únicos que habían obtenido la confianza suficiente de los ciudadanos en las urnas.

Como colofón a este harakiri político, el mensaje que ha transmitido el Sr. Sánchez a los españoles durante la campaña de primarias es que todo el pasado socialista, representado por los presidentes González y Zapatero, eran la casta y el problema del PSOE.

Este relato de la historia del partido, contado por el propio líder, tiene un beneficiario directo, Podemos, y otro indirecto, el PP.

Lo segundo que se ha roto en el PSOE es su cultura democrática. Las apariencias, a veces, engañan y, aunque nadie dudaría en afirmar que elegir al secretario general por elecciones primarias es la manera más democrática posible, siempre hay una condición que se suele obviar: siempre y cuando se mantengan órganos de control, debate y fiscalización en la organización. De no cumplirse esta condición, sencillamente caminamos hacia un partido de corte populista y, si me apuran, peronista.

El PSOE se ha cuidado, desde su fundación, de cualquier forma de caudillismo. Por eso, es un partido de democracia representativa, el comité federal junto a la descentralización de poder en sus federaciones obligaban a «entenderse» a sus dirigentes. Eran contrapoderes internos que aseguraban un alto grado de consenso, de debate y de control de la dirección, nadie podía hacer lo que le venía en gana, necesitaba convencer a los demás de sus decisiones.

Sin embargo, el Sr. Sánchez ha debilitado todas estas estructuras con un argumento: si el poder viene otorgado por los militantes, que sólo los militantes en plebiscito controlen la acción política del secretario general. En la práctica esto es, sencilla y llanamente, la ausencia de cualquier forma de control.

Difícilmente el comité federal podrá cuestionar, debatir o prohibir una iniciativa del líder del PSOE, él apelará a que tiene la confianza de los militantes. Desde luego, no convocará consultas permanentemente y, las pocas que haga, estarán bien atadas como la del famoso acuerdo con Ciudadanos, aquel en el que el Sr. Albert Rivera dejó de ser de derechas para convertirse en un progresista.

El equipo del Sr. Sánchez ha dibujado al partido como un cortijo propiedad de unos y los militantes votaron contra ese PSOE. Lo que ocurre es que el dibujo no era cierto y lo peor es que hoy el PSOE es muy débil frente a cualquier intento de caudillaje. Nada será igual, de momento es peor.