¿Ni por egoísmo?

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Después de la dudosa eficacia de la política de reparto de refugiados, las autoridades europeas han decidido impulsar la expulsión de inmigrantes irregulares. Los partidos de extrema derecha celebran una medida que afectará a algo más de un millón de personas.

Según ACNUR, en el mundo ya hay más de 60 millones desplazados, de ellos, más de 20 millones son refugiados, 3 millones solicitantes de asilo y el resto desplazados internos. La acogida de refugiados pone a prueba la solidaridad de los pueblos, en ese marco el mundo desarrollado pierde: los países más pobres son los que están haciendo un mayor esfuerzo, destaca Turquía, que acogió a la mayor cantidad de refugiados, seguido por Pakistán, Líbano, Irán, Etiopía, Jordania, Kenia o Uganda.

Se han escrito ríos de tinta relatando que detrás de cada exiliado, ya sea por razones políticas o económicas, hay un drama humano, familias rotas en pedacitos e incluso algunas que han tributado con vidas humanas.

El ser humano ha levantado muros por distintas razones, en ocasiones, para evitar ataques militares, pero otras veces, para separar a los pueblos y a las civilizaciones.

Algunos son de piedra, como el de Berlín, de metal como las concertinas de algunas fronteras o de todo un poco, como el futuro muro de Donald Trump. Son muros de la vergüenza que representan lo peor del ser humano, la insolidaridad y la injusticia.

Pero hay murallas muy dañinas que no se ven, como la que separa, de un lado, el mundo desarrollado del siglo XXI y del otro, el mundo en el que el hambre y la necesidad se apoderan de la dignidad de las personas, en el que la vida vale poco porque no abundan las razones para despertar y donde alguien robó la sonrisa a los niños.

Son muros de papeles, océanos y desigualdad. Se construyen con indignidad y egoísmo, sirven para rechazar incluso a los menores, que a pesar de ser los más vulnerables y expuestos a las mafias, se recomienda también su expulsión.

Se definen como personas civilizadas las que pueden convivir con otras en un medio social, de acuerdo a unas pautas de comportamiento que impulsan a respetar al prójimo y actuar de manera correcta en la búsqueda de la armonía y de la verdad. El egoísmo ha encontrado rendijas en la naturaleza de las personas y se ha apoderado de sociedades enteras.

Si la sociedad quiere ser egoísta, alguien debería hablarle en ese lenguaje. Sólo un egoísmo de poca inteligencia expulsaría seres humanos, porque a no ser que Europa quiera convertirse en la «reserva blanca y anciana del mundo», necesita hombres y mujeres de otros lugares.

Los jubilados serán más pronto que tarde el grupo de edad más importante y los nacimientos son ya superados por las muertes en muchos territorios.

En el año 2007 España tocó techo de empleo, las cuentas de la seguridad social se encontraban saneadas y el número de nacimientos creció, era el momento de mayor porcentaje de inmigrantes en nuestro país. Con la crisis económica se fueron a otros lugares del mundo y el problema de la sostenibilidad de las pensiones reapareció. Se prevé que dentro de un par de décadas la mayoría de las provincias españolas tengan una edad media por encima de los 47 años y España no es una excepción en Europa.

Si el desarrollo económico de Occidente solo ha servido para fortalecer el egoísmo y quebrar la solidaridad entre seres humanos, al menos que sean egoístas de manera inteligente.