Política

No caer en lo políticamente correcto

Hace muy pocos años entrevisté en Jerusalén a un médico que había atendido durante décadas a mujeres que habían pensado en abortar. El facultativo se definía como «pro-choice», pero insistía en que era indispensable otorgar a las mujeres la posibilidad de conocer las consecuencias del aborto y, sobre todo, de adoptar, sin las presiones de familiares o políticos, la decisión que considerara más pertinente. Su experiencia era que, informadas y libres de coacciones, más del noventa por ciento de las mujeres escuchaba su código genético y optaba por salvar la vida del feto. No hablaba de boquilla. No mucho antes se habían reunido las mujeres que, atendidas por él, habían renunciado a abortar y los niños que habían nacido gracias a esa feliz circunstancia. Entre unas y otros llenaron literalmente un estadio en Israel. Sería muy de agradecer que en este debate donde tantos se erigen en portavoces de unos derechos reales o supuestos, simplemente se permitiera a las mujeres decidir sin soportar a unos padres que las instan a abortar para no complicarse la vida, a un novio que no está por la labor de asumir responsabilidades o a unas feministas que han adoptado el papel de ayatollahs de la religión de lo políticamente correcto. Permítase que las mujeres, en lugar de ser adoctrinadas por unos u otros, sepan que el aborto no es un derecho como cobrar la prestación por desempleo ni tampoco está exento de consecuencias como si se tratara de inyectarse botox y los resultados serán espectaculares. La naturaleza –y no la dictadura de lo políticamente correcto, los intereses bastardos de las clínicas abortistas o las miserias de familia y pareja– será la que, respetado su derecho a saber, decidirá y lo hará en la inmensa mayoría de los casos a favor de la vida.