Para no olvidar

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Es una obra de arte. De arte triste. Gentes que han pasado por mi casa se han quedado ante el dibujo, estáticas, emocionadas, sin palabras. Además de una obra de arte, es la síntesis de la crueldad del terrorismo. Y ahí tengo el dibujo, colgado frente a mi mesa de despacho, mirado, admirado y entristecido todos los días. Para no olvidar. Para no olvidarlos ni a ellos ni a sus familias. Para pensar, para rezar, para quererlos, para tenerlos siempre presentes en el alma. El dibujo es de Antonio Mingote y fue portada en ABC. Me regaló el original con timidez, como él hacía las cosas. «Toma, te lo mereces». Antonio exageró mis merecimientos.

Un fondo gris y un niño en el suelo. El niño no está dormido. Está muerto sobre un charco de sangre, ahí tan pequeño, paisaje de la desolación. Y en el pie del dibujo, la preciosa grafía de Antonio Mingote formando una frase de cinco palabras y millones de lágrimas figuradas. «Otro éxito militar de ETA».

Representa a cualquiera de ellos. A cada uno de los niños asesinados por la sanguinaria y perversa banda terrorista. Desde José María Piris Carballo, asesinado en Azpeitia a Fabio Moreno Asla, exterminado en Erandio, el último de los niños sacrificados por los asesinos que hoy abren almacenes de bebidas en Venezuela, o se ocultan en los paraísos de la inmunidad. Hasta un niño al que no le dejaron nacer, un niño sin nombre, hijo de la estudiante María Contreras Gabarra, caída en Bilbao pocas semanas antes de dar a luz. Por todos ellos. Por Alfredo Aguirre Belascoain, asesinado en Pamplona. Por Sonia Cabrerizo Mármol, Susana Cabrerizo Mármol, Jorge Vicente Manzanares, y Silvia Vicente Manzanares, en Barcelona. Por Ángel Alcaraz Martos, Esther Barrera Alcaraz, Miriam Barrera Alcaraz, Silvia Pino Fernández, Silvia Ballarín Gay y Rocío Capilla Franco, asesinados por orden de «Josu Ternera», hijos de guardias civiles que salían de la Casa-Cuartel de Zaragoza cuando ésta voló hecha añicos. Sangre entre los escombros, y en sus mochilas, armas peligrosísimas. Lápices, cuadernos, y un bocadillo para el recreo. Por Luis Delgado Villalonga, masacrado en Madrid. Por Coro Villamudria Sánchez, en San Sebastián. Por Vanesa Ruiz Lara, María Cristina Rosa Muñoz, María Pilar Quesada Araque, Ana Cristina Porras López y Francisco Cipriano Diáz Sanchez, todos ellos asesinados en el atentado de Vic. Ni sus padres, ni sus hermanos, ni sus abuelos han pedido venganza. Se han limitado a pedir justicia. Y han visto cómo sus asesinos vivían en el sur de Francia –tiempos del cabrón de Giscard D’Estaign–, como «refugiados políticos». Y han visto cómo el responsable del atentado de Zaragoza se sentaba en el Parlamento vasco y ocupaba la presidencia de la comisión de Derechos Humanos. Y han vivido su fuga y su buen vivir. La descomposición de una sociedad cobarde y cruel que vota, aplaude y concede a quienes han estado siempre del lado de los asesinos, escaños y alcaldías. Y han visto cómo esos representantes se permiten el lujo de chulearnos a todos los españoles exigiéndonos que seamos nosotros, las víctimas, los que solicitemos el perdón y la misericordia de los verdugos asesinos. Y han visto y vivido cómo un sector de la Iglesia vasca ha amparado con la comprensión a quienes asesinaban, y despreciado con distancia a los asesinados. La equidistancia. Ese «han hecho mal, pero...» de dos malditos y perversos obispos guipuzcoanos que querían más a sus bestias asesinas que a sus ovejas martirizadas.

Ese dibujo está ahí, y ahí restará mientras no se haya cumplido a rajatabla la justicia. España es la única nación civilizada del mundo que ha permitido a los terroristas acceder a las instituciones. Ahí están los nombres de los seis magistrados del tribunal Constitucional que lo permitieron. Con esa sombra de vileza vivirán lo que les resta de vida. A ellos también les convendría contemplar la obra de arte triste de Antonio Mingote. El niño en el suelo sobre el charco de su sangre. «Otro éxito militar de ETA».