Parece que Washington empieza a tomar cartas en Libia

El viejo y retirado general Jalifa Haftar se ha propuesto liberar a Libia de las milicias islamistas y restaurar el orden. Si en febrero llamó a la población a derrocar al inútil Parlamento de Trípoli y a organizar un gobierno de salvación, el viernes pasado, 16 de mayo, se presentó en Bengasi, la ciudad sin ley, al frente de una fuerza bien armada, dotada de apoyo aéreo y artillería, con el objetivo de desalojar a las dos principales milicias islamistas de sus bases. Poco se sabe del desarrollo de los combates, pero fuentes hospitalarias daban cuenta ayer de 43 muertos y más de un centenar de heridos, y los corresponsales locales afirmaban que uno de los principales acuartelamientos de Al Qaeda había caído en manos de los hombres de Haftar. El Gobierno libio, cuya autoridad discuten hasta los dromedarios, se ha apresurado a condenar la acción y a desmarcarse del viejo general. Pero la situación es mucho más compleja. Docenas de militares del nuevo Ejército libio se han unido a las fuerzas de Haftar, hartos de un Gobierno, rehén de las milicias, que ni siquiera es capaz de garantizarles su seguridad personal. Son ya centenares los oficiales y soldados, los policías y miembros de los servicios de seguridad que han sido asesinados por los islamistas en Bengasi, Trípoli y Derna sin que se haya llevado a cabo una sola detención. Las milicias campan por sus respetos: cobran el impuesto revolucionario y ejercen la protección mafiosa de las redes de la inmigración irregular, responsables últimas de las tragedias marítimas en el sur de Italia. También cobran su cuota del petróleo y han establecido sus propios tribunales populares, al estilo de las chekas de nuestra Guerra Civil. Noche tras noche, en Bengasi, la cuna de la revuelta contra Gadafi, se suceden los «paseos». No es fácil predecir cómo van a evolucionar los acontecimientos. Jalifa Haftar es un veterano de revueltas y conspiraciones, con una biografía de sospechoso habitual de ser agente de la CIA. A ver. Oficial de alto rango con Gadafi, a quien le unía una amistad personal, cayó prisionero en la guerra del Chad y se pasó al enemigo. Llegó a organizar un grupo guerrillero para derrocar al régimen, sin éxito. Acabó exiliado en Estados Unidos, donde ha vivido más de 20 años.

Si tenemos en cuenta que se exilió en el momento cumbre de mesianismo revolucionario y antioccidental de Gadafi –atentados de la Pan Am y de la UTA–, es evidente que fue «tutelado» por la CIA. Cuando Gadafi se arrepintió y volvió a ser uno de los nuestros –en 2006, Washigton retiró a Libia de la lista de países terroristas–, nuestro general se quedó colgado de la brocha, pero siguió viviendo en Virginia, muy cerquita de Langley. Con la Primavera Árabe y la insurrección en Libia, volvió al país para encabezar una de las milicias rebeldes. Ahora, está de nuevo en danza y parece legítimo preguntarse si detrás de Jalifa Haftar no estarán los gobiernos de Washington y París, dispuestos a buscar una salida, aunque sea militar, por supuesto, al caos libio que con tanto entusiasmo contribuyeron a crear. Como uno ya no cree en las casualidades, alegra que el Pentágono haya desplegado 200 marines de refuerzo en Sicilia, a pie de obra, y que los argelinos estén evacuando apresuradamente a sus diplomáticos en Trípoli. Señal de que, por fin, algo se mueve.