Pedro Sánchez Boccanegra

La Razón
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Llevamos meses con el pueblo revuelto. Todo tiembla. Se resucitan fantasmas del pasado para agrandar la brecha entre patricios y plebeyos. Los patricios se hallan angustiados y preparan sus naves para partir de Génova hacia Lisboa y una buena parte de los plebeyos también sufren temiendo por sus puestos de trabajo. El plebeyo Pedro Boccanegra ha logrado sentarse en el trono como nuevo Doge tras lograr el apoyo de plebeyos y corsarios. En su ascenso ha sido fundamental el apoyo de Pablo Paolo e Iñigo Pietro, mientras que Mariano Fiesco se opuso siempre con rotundidad. No ha sido fácil el acuerdo y los enfrentamientos entre unos y otros, incluso entre los de un mismo bando, continúan tensando Génova e impidiendo un gobierno eficaz. Aquel Pablo Paolo, que le había apoyado, ha llegado a secuestrar a María Gobierno, pidiendo además grandes prebendas para él. En uno de los momentos cumbres del Consejo, Pedro Boccanegra se ha alzado para gritar «¡Fratricidas, plebeyos, patricios, esclavos de la fiera historia! Lloro por vosotros», mientras se lamenta amargamente de una situación que él ha ayudado a promover. Seguidamente llama la atención sobre Pablo Paolo, quien en una ocasión le había espetado. «Te recuerdo que me debes el trono», para sentenciar con aquella rabia a la que tenía acostumbrado a todos: «Aquí hay un villano que me escucha y palidece... Que el trueno de mi voz caiga sobre el miserable: ¡maldito sea!». El noble Mariano Fiesco, que siempre fue a remolque y vengativo por lo que Pedro Boccanegra le había robado, impone como condición para el regreso de la paz la devolución del objeto que a su juicio le ha sido sustraído. Viendo el caos que ha creado su ascenso al trono, el Doge Pedro Boccanegra incluso está dispuesto a abrazar a Fiesco, su eterno rival, pero ya es tarde porque se acababa de dejar seducir por el último regalo del plebeyo Pablo Paolo, quien le ha ofrecido a Boccanegra un vaso con agua envenenada. Pedro Boccanegra, en su agonía, exclama: «¡Hasta el agua de la fuente sabe amarga al hombre que manda!» para, a continuación entregar el poder a Albert Adorno, el joven patricio que había estado luchando para liberar a María Gobierno del secuestro al que la había sometido Pablo Paolo. Él habría de intentar la reconciliación definitiva entre los genoveses. La historia siempre se repite y ya Antonio García Gutiérrez nos contó hace ciento setenta años algo parecido a lo que ahora vivimos aunque lamentablemente, tanto a ésta como a la vivida de 1931 a 1939, nos falte la música de Verdi para consolarnos.