Permanente, como un tatuaje

No me resulta sencillo escribir sobre el aborto. Ahora, cuando lo hago, siento, de alguna manera, que la comprensión del Papa Francisco me facilita el camino; pero en muchas ocasiones me he encontrado en un sendero sin retorno, por culpa de la extrema dureza de algunos representantes de la Iglesia. A lo largo de mi vida he leído y escuchado infinitos testimonios de mujeres que han abortado y, pese a que me cuentan que las hay que abortan a la ligera y que utilizan los abortos casi como contraconceptivos, no puedo evitar un punto de incredulidad. Según mi experiencia, todas las mujeres que abortan se graban una cicatriz indeleble en el alma, que les duele un día sí y otro también. Las más fuertes, las más convencidas, las más inseguras, las más débiles...todas viven momentos de pesar tras ese trance tristemente inolvidable. Abortar no es una opción. Es el abismo. A veces, el único abismo posible. O el único que parece posible. Que el cardenal Rouco Varela establezca un fin de semana de amnistía para las mujeres que han abortado podría parecerme una broma, pero sabiendo como sé lo que sufren tantas mujeres tras abortar y cómo desearían hallar el perdón que a lo mejor deberían reclamar otros y no ellas, casi me parece bien. Un fin de semana para arrepentirse y salvarse. Tal vez debería completarse con una pastilla de olvido. Porque por mucho que una mujer que ha abortado piense que no podía haber hecho otra cosa y por más que reciba la absolución por esa acción de la que, sin duda, siempre se arrepintió, el recuerdo sigue siendo un castigo tan permanente, como un tatuaje de los que duran toda la vida.