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¿Pitos y gaitas?

Tiempo de lectura 2 min.

08 de febrero de 2017. 00:17h

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Julián Redondo 8/2/2017

Cuando un gol no es suficiente, como el mundo no lo fue para Bond, James Bond, la frustración ocupa el lugar de la justificación. El Atlético lo buscaba en el Camp Nou porque después del primero el segundo es más sencillo, aunque remontar el 1-2 se antojaba dificilísimo. Empató. Y todo por aquel infame primer tiempo en el Calderón. ¿Por qué jugó tan desesperadamente mal? ¿Por qué desapareció, «¡missing!», frente a este Barcelona con más problemas de flotación que el Titanic? Más porqués de los pronunciados por Mourinho, el eterno llorón, en aquella sala de prensa del Bernabéu tras perder 0-2 en la semifinal de Champions contra el Barça. Ausente Stark, Griezmann podría señalar a Gil Manzano.

El misterio no explica que el Atlético firme partidos como el de Mendizorroza o ese primer tiempo letal. En este lance destilaba «cholismo». Intensidad, redaños, entrar al balón sin cautela, correr más que el prójimo, robar una pelota y no regalar dos, someterle desde su área, no dejarle respirar y buscar el gol por encima de todas las cosas. Metió uno. Recuperó sensaciones y orgullo. Volvió a creer; mas con un marcador tan adverso y un rival que transpira calidad, las buenas intenciones corrían el peligro de perecer junto al sueño de los justos. En fútbol los errores se pagan y a pesar de que el Atlético jugó el primer tiempo mejor incluso que el segundo de la reactivación, sucumbió, empujado por el árbitro, que le castigó con inexistentes fueras de juego. Primera media hora primorosa, cerca de Cillessen, superior al Barça en cada línea; sólo necesitó meter ese gol que con tanto afán perseguía para acercarse a la tabla de salvación. Pues tiró Messi y marcó Suárez. Final junto al Manzanares sin el Atlético, por el gol anulado a Griezmann, por el penalti a las nubes de Gameiro. Fatalidad francesa. Ganan los pitos, ¿y las gaitas?

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