Presunción de inocencia

Llevamos casi cuatro décadas de democracia en un sistema de monarquía parlamentaria que probablemente ha supuesto la etapa de mayor progreso y libertad en la historia de nuestro país. Se han superado muchos estigmas de la leyenda negra, pero hay viejos hábitos que siguen prevaleciendo como deporte nacional. Puede que el más lamentable sea el de la condena en la plaza pública, el linchamiento sin más, eludiendo cualquier atisbo de presunción de inocencia.

Ha ocurrido en numerosos casos dentro del ámbito político durante los últimos años, léanse por ejemplo el del socialista Demetrio Madrid en Castilla-León, operaciones policiales acompañadas de cámaras de TV contra dirigentes públicos puestos al día siguiente en libertad sin cargos o puede que el más emblemático caso del lino que condenó prematuramente a la inocente y ya desaparecida Loyola de Palacio.

No es el papel de un columnista ejercer de juez –para eso ya está la instrucción de Castro– pero los casos citados, entre otros muchos, ponen sobre aviso de lo que puede estar ocurriendo con el duque de Palma al que ya se ha condenado mediáticamente y lo que es peor, al que se pretende condenar socialmente sea cual sea el signo de la sentencia.

Hablábamos del papel ejemplar y clave de la monarquía en estos años de progreso y aún hoy, tanto el papel de la Corona como elemento de unión entre todos los españoles, el Rey como primer embajador de los intereses nacionales y la solidez del heredero son incuestionables. Pero no se nos escapa que en los tiempos que corren hay mucho miura con el pitón envenenado tratando de cornear a la institución y para ello no se duda en utilizar el juicio prematuro ignorando claramente lo que hace un año recordó el propio Jefe del Estado al apuntar que todos somos iguales ante la Justicia.