«Put me back in the bike»

E n un mundo deportivo cada vez más lleno de trampas, mentiras e intereses, el rayo de Zeus ha caído, de manera extraordinaria, sobre Lance Armstrong. No es que yo crea que el tipo –a quien sus compañeros de la época de mayor gloria describen como un hombre egoísta y sin escrúpulos y cuyo único dios y credo era la victoria– no merezca reproches y castigos; pero tras revelarse de pronto sus miserias, no puedo evitar preguntarme quién se habrá beneficiado. Lo de Armstrong, si no se sabía con certeza, se sospechaba desde hacía mucho. Y lo mismo sucede con los restantes miembros de su pelotón. Hay quien opina que en ese deporte, duro donde los haya, no ha habido ciclista, campeón o no, que no se haya dopado. Y de ser verdad (aunque en la España del 58, digo yo que el «doping» de Bahamontes no podría pasar de vino tinto y jamón serrano), si todos estaban en igualdad de condiciones, el triunfo de Armstrong seguiría siendo patético, sí, pero casi lícito.

El problema es que no hablamos de deporte sino de negocio. Concretamente de uno que resulta especialmente rentable cuantos más imposibles se piden a sus participantes. Y esto no es algo nuevo; ya en 1968, el ciclismo se vio sacudido por la muerte de Tom Simpson a causa de una insuficiencia cardíaca, muy probablemente provocada por un cóctel de anfetaminas y alcohol. Sólo recordar sus últimas palabras «put me back in the bike» (volved a subirme a la bici) pone la carne de gallina..., pero más aún pensar que muchos ni se inmutan, porque sólo les preocupa que el espectáculo continúe, para poder seguir llenándose los bolsillos.