Rajoy no se rinde

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Rajoy haciéndose una foto con el fondo nevado de los jardines de la Moncloa desmiente a los que lo daban por muerto. El último sondeo del CIS lo ha reanimado. Ha pasado, dice para sus adentros, el temporal de Cataluña y aquí estoy, tan campante, con el Partido Popular al frente de la clasificación. Muchos, dentro y fuera de su partido, le habían sugerido que pensara en la retirada, que ahí estaba Feijóo, gallego como él, o, por lo menos, que cambiara piezas gastadas en el Gobierno. Hasta Felipe González se había atrevido a sugerirle que lo dejara ya. Él no dice ni que sí ni que no. Pero ahí sigue. Que nadie espere grandes sorpresas de este hombre. El gallego tranquilo, que sonríe en medio de la nevada y parece feliz como un niño con zapatos nuevos, es el dirigente político más previsible desde Franco. Y más duradero. Hace sus cálculos, y las cuentas le salen, digan lo que digan los que están empeñados en quitarlo del medio. Con su capacidad de resistencia acostumbrada amenaza con salirse con la suya, para desesperación de sus rivales y de no pocos correligionarios. Así viene ganando todos los pulsos, por lo que parece temerario dar su recorrido por acabado.

Puede que debía haber abordado la crisis catalana antes y con más contundencia. Es posible que ha faltado en todo el largo proceso iniciativa política. Seguramente no había que confiarlo todo a la actuación de la Justicia. Se ha perdido y se sigue perdiendo la batalla de la comunicación y de la propaganda. Pero es un hecho que el desbarajuste de Cataluña se ha frenado en seco, la situación se ha reconducido sin grandes trastornos y sus principales instigadores están fuera de juego, por mucho ruido que sigan haciendo. El problema, según el CIS, ha dejado de preocupar demasiado a los españoles. Y el mérito principal de la aplicación del artículo 155 y de la razonable gobernación en Cataluña ha sido del presidente Rajoy. Por eso le sentó tan mal la inesperada bofetada del electorado. Rajoy movió el nogal y Rivera se llevó las nueces. Eso es lo que pasó. A ver qué hace con ese saco ahora. No faltan ya electores que empiezan a preguntarse, a la vista de la pasividad e inanidad de Arrimadas, por la utilidad de su voto. Y el gallego impasible, mientras tanto, vuelve a sonreír en medio de la nevada, repasa las tablas del CIS y espera su momento.