Rebelión en las aulas

La educación se ha convertido en un privilegio en lugar de un derecho fundamental. Al menos la educación universitaria en Cataluña donde cursan sus grados y máster un número nada pequeño de estudiantes andaluces. Un privilegio que disfrutan los estudiantes de las universidades privadas catalanas, aquellas que no se han sumado a las huelgas de estos días, aquellas que no van a ver su reputación internacional estigmatizada. Pero un privilegio también que se han ganado a pulso los universitarios y profesores que decidieron no secundar la huelga pro independentista y sobrepasaron –a cara descubierta– las barricadas de los huelguistas.

En las universidades públicas que pagamos entre todos, hemos asistido a una inusual rebelión de estudiantes y profesores que luchaban por su derecho a recibir las clases por las que habían pagado y por las que cobraban, respectivamente. Lo hacían frente a encapuchados que –con la connivencia de los decanos– habían pasado la noche en la facultad y utilizado el material de las aulas para bloquear los accesos. En países tan cercanos como Francia, el destrozo de material público conlleva penas no pequeñas, de hecho los promotores de los disturbios de los «chalecos amarillos» están acusados por ello en sus procedimientos judiciales. Aquí se ponen a disposición de los hacedores de barricadas. Hay dos episodios que se me vienen a la memoria, uno en relación con los estudiantes y otro con el señalamiento de profesores. En 1938 las SA del Partido Nacional Socialista no dejaban entrar a los alumnos judíos en la Universidad de Viena. Lo hacía de manera aparentemente pacífica, sin hacer barricadas con mesas y sillas, cogidos de la mano formando una cadena humana que cruzaba de punta a punta la escalinata de acceso.

En cuanto al señalamiento de profesores, es imprescindible acudir al reciente artículo del profesor Rafael Rodríguez Prieto, «Rectores heroicos», recordando el señalamiento público de profesores en la Universidad del País Vasco que no se plegaban a las imposiciones de ETA a través de sus sindicatos estudiantiles. Recuerda Rodríguez Prieto, entre otros, el acoso diario sufrido por profesores como Gotzone Mora o Fernando Savater y escribe que «cuando uno sigue los acontecimientos en Cataluña, no puede tener otra cosa que una sensación de reflujo gástrico» que le recuerda al acoso terrorista vasco.

La rebelión en las aulas a la que hemos asistido lo ha sido de los alumnos y de los profesores que vencieron a las barricadas de quienes querían consumar la apropiación física de la universidad después de una apropiación intelectual escenificada en las declaraciones oficiales de todos los claustros de las universidades públicas catalanas. Pero si los embozados no lograron sus objetivos de impedir las clases, las declaraciones de los claustros de las universidades han propiciado que rompan el silencio centenares de profesores en una carta con tanto impacto que hizo rectificar la respuesta, inicialmente contemporizadora, del ministro responsable Pedro Duque.

La carta, impulsada por el Foro de Profesores y la asociación Universitarios por la convivencia, es rotunda en sus tres puntos: uno, los órganos de gobierno de las universidades están conformados por profesores, estudiantes y personal de administración y servicios, que en modo alguno han sido elegidos por sus ideas políticas. Carecen, por tanto, de legitimidad moral para pronunciarse sobre cuestiones de orden político en nombre de las personas a las que representan. Dos, que las administraciones educativas, en este caso las universidades, no tienen derechos sino potestades. La libertad de expresión es un derecho fundamental que corresponde exclusivamente a las personas. Y tres, que, además, consideramos incompatible con la misión de la universidad tratar de contribuir a dibujar en la esfera pública un pensamiento único sobre cualquier tema.

En 1967 el británico James Clavell dirigió la película «Rebelión en las aulas» protagonizada por Sidney Poitier y basada en la novela «To Sir, with love» de E. R. Braithwaithe. En la mayoría de países hispanos se tradujo como «Al maestro con cariño». Estoy convencido de que dentro de unos años profesores como María Isabel Fernández, de la Universidad Autónoma de Barcelona, Chantal Moll, de la Universidad de Barcelona o Nicolás Nogueroles de la Universidad Pompeu Fabra, recibirán agradecimientos de sus hoy alumnos y no sólo por sus enseñanzas sino por haberles ayudado a conquistar la libertad. La libertad de decidir qué huelgas secundan y cuáles no. En «Rebelión en las aulas» un ingeniero negro desempleado de nombre Mark Thackeray es contratado como profesor de un grupo de estudiantes conflictivos en una escuela de las afueras de Londres. Enfrentándose a un medio hostil, fue capaz de sacar lo mejor de sus estudiantes. Nicolás Nogueroles, cuando se le impidió el acceso a su aula, no dudó en salir fuera con sus alumnos a impartir su clase al aire libre en la Universidad Pompeu Fabra. Pasarán los años y algún día, cuando se cruce con alguno de sus alumnos seguramente le dirán algo parecido a lo que tituló Braithwaithe, «Al maestro con cariño».