Sigue siendo pero ya no es

La actriz Uma Thurman se ha operado. Su bellísimo rostro anguloso se ha redondeado. Traición a El Greco y a Modigliani. El día que me la encuentre por la calle se lo voy a decir: –Mal, Uma, muy mal–. Sigue siendo Uma Thurman pero ha dejado de serlo simultáneamente. Menos mal que ha sido intervenida por un buen cirujano de estética y no por el gamberro que operó a Cristina Fernández de Kirchner, la del pobre fiscal. El secreto está en los labios. Los grandes cirujanos plásticos no han conseguido domar la naturaleza labial de la mujer. Todas se parecen. Veinte mujeres operadas de los labios, en el caso de juntarse, recuerdan a un bando de cercetas comunes en trance de lanzarse hacia el arrozal. Besar a una mujer con los labios operados es como hacerlo al mismo tiempo a cincuenta mil mujeres y a ninguna.

Estuve en enero cenando con Uma Thurman, y no me confesó sus siniestros planes. De haber confiando en mí le hubiera prevenido de su grave error. Intentó, con inocente candidez, confundirme con su edad. Me dijo que tenía 42 años, cuando los que la conocemos de toda la vida sabemos que ha cumplido los 44 con holgura. Pero no le concedí importancia a su mentira cronológica. La mítica Celia Gámez se marchó de España con 62 años y quince más tarde, cuando retornó, acababa de cumplir los sesenta. A los pocos meses se volvió a Argentina porque había perdido todos sus puntos de referencia en Madrid. Estaban muertos.

Las estrellas del cine se cansan de su belleza y pretenden, pasando por el quirófano, lograr la garantía de la eterna juventud. Y se equivocan. Hasta Meg Ryan, tan mona, ha ingresado en el bando de las cercetas comunes en trance de lanzarse al arrozal. Y Nicole Kidman, y Catherine Zeta-Jones, y Demi Moore. Un desastre. Pero Uma se mantenía firme hasta que una mala influencia le ha sometido a lo que ella interpretaba como una humillación de la frivolidad. La gravedad de estas decisiones erradas no radica en el perjuicio individual de sus responsables, sino en el mal ejemplo. Las actrices ignoran que su condición de diosas no se pierde con los años, sino con la transformación estética. Ahí tienen el ejemplo de Ingrid Bergman, posiblemente la más bella y sosa estrella de la constelación del cine, que murió igual de bella y de sosa sin tumbarse sobre la camilla del taller. Y Ava Gardner, el animal más bello del mundo, con su esplendor intacto a pesar de las huellas devastadoras del alcohol y las drogas. Nacer con la belleza puesta es un regalo, no un derecho permanente. Y con las bellezas sucede lo mismo que con las antiguas y grandes cocineras de las casas nobles y pudientes. Que se marchan sin avisar.

Ese rostro surcado de senderos de la duquesa de Cornualles consigue el respeto de la dignidad. «Mejor pechos caídos que falsamente erguidos», como sabiamente apuntó el gran piloto australiano, probador de prototipos, Arthur Collman. Para mí, y lo escribo desde mi alta consideración por los grandes cirujanos plásticos –el doctor Martín del Hierro, por ejemplo–, y los más prestigiosos diseñadores de moda, la mujer ha aceptado inconscientemente transformar su físico y vestirse según el criterio de unos hombres a los que no les gustan las mujeres. Prueba de ello –me refiero a la moda–, es el triunfo terrorífico de la anorexia sobre la salud y la estética de centenares de jóvenes que aspiran a las pasarelas.

Lo de Uma Thurman es, simplemente, una mala noticia individual. Pero insisto. El día que me la encuentre por la calle –ella es muy de compritas–, se lo voy a afear con cariñosa energía: –Mal, Uma, muy mal. Pero que muy mal–.

Aunque le hiera.