Publicidad
Publicidad
Actualidad

Tender puentes

El pasado miércoles, 6 de diciembre, los amigos del CRENY, el Consejo de Residentes Españoles de Nueva York, me invitaron a participar en el homenaje a nuestra Constitución celebrado en Manhattan. Hice las veces de busto parlante y guionista de mi propia ensaimada. Largué un discurso (largo, ay) sobre las bondades de un texto que propició la mejor etapa de la historia de España. Como la gente es maja disculpó los excesos y aplaudió los (contados) aciertos; nacidos los primeros de ese temperamento ciclogénico, y explosivo, que recibí de los genes, y los segundos de la enumeración de las constituciones españolas previas a la del 78, así como de los beneficios que hemos disfrutado desde entonces. Con la excepción de 1812, el resto de textos constitucionales parecían nacidos a la contra. 1837, 1845, 1856, 1876, 1931, 1938... Como ha escrito el profesor de Derecho y abogado Josu de Miguel, al que cité, «lo revolucionario hoy es una Ley Fundamental que cumple 39 años y que ha resistido la inclinación histórica y muy española de hacer Constituciones de partido». Y como no soy ministro, ni trabajo para un lobby o un parlamento regional, ni soy partidario de la justa equidistancia entre el mal y el bien, la ponzoña y la justicia, los mitos y la ciencia, hablé del fallido golpe de Estado en Cataluña. Del delirio al engendro, todo un manual posmo de cómo actualizar las más repugnantes patrañas surgidas en el romántico siglo XIX. Comenzando por el nacionalismo, que abonó Europa con millones de muertos. Ya sospecharán que el público que asiste a un cóctel para celebrar la Constitución estaba más o menos de acuerdo. No al 100%. Al terminar también se me acercó el directivo de una eminente empresa catalana. Parecía, uh, nervioso. Aborrecía algunas porciones de mi discurso. Lo encontraba poco inclusivo, incluso radical. Más cercano a la facturación de independentistas que a la suturación de hemorragias. Poco ecunémico. Demasiado combativo. «Como catalán», dijo, «me siento insultado». Traté de que verbalizara las razones de su cólera. Al parecer no debiera de hablar de golpes de Estado. Ni denunciar la xenofobia en los discursos de pueblo elegido. Ni muchos menos escribir que la industria catalana creció nutrida por la mano de obra del resto de España. Lejos de agradecerme que no añadiera los aranceles proteccionistas, disertó sobre las brechas emocionales de su comunidad y la urgente necesidad de tender puentes. Aunque sospecho que me confundía con un ingeniero de caminos concluimos que es mejor cantar amigos para siempre que afilar la bayoneta. Olvidé añadir que todo sería más fácil si el 50% del censo catalán renunciara a una ideología extremista, que anhela destruir la soberanía nacional y arramplar con una parte del país. Ya saben, el tipo de ambiciones que enarbolan a diario los que confunden a Junqueras con Mandela y a Puigdemont con Joaquín Murieta, pero para llamarle(s) ultras ya solté mi discurso. Todo lo que yo quería era que me dejara en paz y cenar algo. No había forma, y no sé por qué me sorprendo. Un iluminado es, esencialmente, un plasta.

Publicidad