Manuel Coma

Un complicado juego de intereses

La Razón
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El mayor desplazamiento de poblaciones en Europa desde la II Guerra Mundial ha producido la mayor crisis de la historia de la Unión Europea, la que más ha puesto a prueba su unidad. La UE ha aplicado el procedimiento habitual, que Simon Nixon, brillante europeísta del «Wall Street Journal», describe así: primero, se niega el problema, luego se pelea sobre quién debe asumir la responsabilidad, después se hacen varios intentos parciales de solución. Finalmente, los Estados acuerdan un plan de acción que no resuelve el tema, pero que al menos los mantiene formalmente unidos. Le falta la quinta etapa, lidiar con las insuficiencias e incumplimientos de lo acordado, explotando la prórroga que se ganó con el acuerdo.

La cuarta fase, el plan de acción, consistió en el acuerdo con Turquía logrado el viernes, que entró en vigor ayer, a saber cómo. El jueves por la noche la cumbre de los socios europeos llegó a una oferta común que iba más lejos de lo que a bastantes les hubiera gustado, pero que se quedaba corta para las demandas de Turquía, con lo que las esperanzas eran escasas, pero ésta debió pensar que de momento no estaba mal y que le venía bien un texto que exhibir ante su público, aunque estuviera escrito sobre papel considerablemente húmedo.

De lo que se trata por parte de Europa es de disuadir la inmigración ilegal y por esa vía arruinar el multimillonario negocio de los contrabandistas de seres humanos, lo que a su vez, se espera, contendrá la hasta ahora imparable oleada. El papel no afecta a los 1,3 millones que entraron el año pasado, de los cuales más de un millón están en Alemania.

La principal fuerza tras el trato es la canciller Merkel, cuya noble y generosa política de puertas abiertas la ha desbordado y está transformando el panorama político alemán, en detrimento de su partido y de las fuerzas democráticas. Fracasado su objetivo de que sus socios arrimen equitativamente el hombro en la distribución de recién llegados, ahora quiere repicar y estar en misa manteniendo oficialmente las puertas abiertas, pero impidiendo que muchedumbres lleguen a alcanzarlas. De momento, el acuerdo no afecta más que a los más de 40.000 varados en campamentos en las costas griegas. Turquía los intercambiará uno por uno. Por cada uno que acepte remite a Europa un refugiado sirio en su territorio. A cambio, 3.000 millones de euros más, 6.000 en total, hasta final de 2018, eliminación de los visados para viajar a Europa, si se satisfacen 72 condiciones de las que sólo 19 se cumplen. Y activación de algunos capítulos de las conversaciones para entrar en la Unión, pero no aquéllos que la pequeña Chipre bloquea con su amenaza de veto. Concesión, con todo, que inquieta a muchos, pero tampoco está claro que Erdogan esté verdaderamente interesado. Lo que le importa es poder presumir que a él no le rechaza nadie.

¿Y la puesta en práctica? Tarea hercúlea, dicen los funcionarios europeos, con más razón que muchos santos.