Política

Un debate electoral

L a política en España, sobre todo a pocos meses de varias citas electorales, es muy dada a excesos dialécticos y a posiciones frentistas. Era un debate previsible en todos los terrenos, porque la oposición no está dispuesta a debatir sino a utilizar la tribuna del Congreso como una plataforma electoral. La vida parlamentaria se circunscribe al cuarto poder, como decía Macaulay en el siglo XIX. Lo único importante son los medios de comunicación. Rajoy estuvo duro y contundente, cuenta con el aval de los buenos resultados económicos porque España ya no es el «enfermo» de Europa, sino una de las locomotoras que tiran de su frágil economía. Fue muy duro con un débil Pedro Sánchez, que tiene sobre sus espaldas la alargada sombra de Podemos, ausente del debate, y la crisis que afecta al PSOE y a la izquierda en general. El cambio de ciclo económico beneficia al presidente del Gobierno, aunque quede mucho camino por recorrer hasta alcanzar los datos previos a la crisis, pero cada día que pasa es una baza a su favor. La estabilidad parlamentaria y las políticas reformistas permitieron no tener que solicitar el rescate. Es cierto que la izquierda insiste en la mentira de que éste se produjo con el préstamo para sanear la grave situación de las cajas, pero la realidad es tan evidente que sólo la ceguera partidista permite mantener semejante despropósito.

Rajoy estuvo muy bien, porque tenía un discurso sólido y coherente mientras su rival hacía aguas con una intervención radical al estilo de Podemos porque el pasado del PSOE resulta, además, una pesada losa cuando se intenta dar lecciones o afirmar, dentro de esos excesos verbales propios de la precampaña, que el Gobierno ha provocado un «destrozo descomunal». El presidente le respondió con contundencia implacable, pero sobre todo presentó medidas para continuar el impulso reformista que ha permitido dar un vuelco en nuestra economía. Finalmente, ofreció un discurso de futuro, que es lo que esperan los españoles.