Un dios con colesterol

Sus detractores acusan al Papa Francisco de ser un pontífice de gestos, un predicador efectista, es decir, un demagogo, casi un charlatán. Seguramente habría preferido que fuese un Papa convencional, como lo fueron sus predecesores, de quienes se tiene la imagen de personalidades poco comprometidas con el mensaje evangélico, proclives a integrarse en el séquito de los poderosos o a ser ellos mismos una parte primordial del poder. Incluso si sólo se tratase de gestos, la actitud del Papa Bergoglio rompe con una larga tradición de oscuro misticismo y ofrece la posibilidad real de que la Iglesia adopte un perfil más comprensible que proscriba para siempre la oscuridad expresiva de tantos siglos, el tiempo tenebroso de la Iglesia que padecí de niño, aquel ente críptico y amenazante cuyas supuestas excelencias predicaba el sacerdote arrastrando hasta el presbiterio durante la catequesis una enorme pizarra en la que alguien había dibujado el ojo de Dios circunscrito en un triángulo. El cura clamaba luego a voces contra el pecado y yo me estremecía de pánico casi hasta que con el escrutinio de aquel ojo geométrico se me descomponía el vientre. A los nueve años me dolía mucho la cabeza y mi madre me llevó al oculista. Se decidió que llevase gafas de por vida y yo lo acepté con una mezcla de gratitud y preocupación, feliz de que se acabasen mis dolores de cabeza y temeroso de que por los ojos del oculista se hubiese colado hasta mi intestino aquella divinidad amenazante y cerrajera, el ojo triangular y policial del Dios severo y trigonométrico cuya amenaza parece desvanecerse en el menaje pastoral del Papa Francisco, ese señor que arremete contra la riqueza y afea sin disimulo a los obispos. En la duda de que pueda hacer algo más que predicar, a mí me gusta la actitud de este Pontífice, aunque sólo sea porque transmite la sensación de saber que, además de oscuridad y riqueza, al Dios de la Curia le sobra también colesterol.