¡Un libro!

¡Un libro! ¡Leer en el Congreso! ¡Qué desfachatez! ¡Qué falta de respeto! Lo próximo ¿escribir en un cuaderno? ¡Qué afrenta al parlamentarismo! El ministro de Educación, Cultura y Deporte el pasado martes en el debate de la moción de censura fue más allá de lo tolerable por los «torquemadas de quita y pon». La «inquisición express» le quemó en la plaza. Mientras Irene Montero desgranaba la ristra de casos y cosas por las que Pablo Iglesias presentaba su moción, Íñigo Méndez de Vigo abrió un libro y se puso a leer. En lugar de contestar a los «guasap», responder correos, hacer la compra, ver fotos del veraneo, mover el dedo compulsivamente sobre la tableta o rascarse un grano hasta sangrar, abrió un libro y se puso a leer. Iglesias, molesto con ese gesto subversivo, incluso abroncó al ministro. De las 365 maneras de perder el tiempo que desplegaron sus señorías cuando los discursos de Irene y Pablo superaron la media hora la única que merecía una reprimenda pública fue la del ministro que abrió un libro y se puso a leer. Hay que «pasar» pero sin que se note. Poner caras de intensidad como si anduvieras por los alrededores del éxtasis, mirar un punto en el horizonte para evitar que el sopor te cierre una pestaña y seas la foto del día, esconder el teléfono entre las piernas para entretenerte desde donde los del pecado albergan lo prohibido. Incluso dar palique al compañero entra dentro de lo parlamentaria y públicamente tolerable. Pero... ¡leer un libro! Encima uno de homenaje a Miguel Hernández mientras en la tribuna se despliegan unos discursos de duración castrista. Eso no. Eso es la mayor falta de respeto que nunca nadie ha desplegado en nuestra reciente historia democrática. ¡Cómo un ministro cuando hablan los que quieren liquidar a su jefe en lugar de escuchar en mística devoción osa romper el clímax «despatarrando» sobre sus manos un libro! ¡Cómo se atreve a explicar después en «La Brújula» de Onda Cero que es que Hernández, Miguel, le parece más interesante de Iglesias, Pablo! ¡Cómo incluso llega a contar que una vez un librero le pidió que llevara libros al Congreso! Y que se viera, que se viera que los libros se podían leer. Que se viera que en pleno siglo XXI no hay acto más provocador que abrir un libro de par en par... y leer.