Rosetta Forner

Valientes

Dos mil años después, los cristianos seguimos defendiendo nuestro derecho a creer a nuestra manera en Dios. La libertad es uno de los dones más preciados del ser humano, y con ella, la libertad para tener ideas religiosas o no. Existen países donde aún se persigue a los cristianos, como en la época del Imperio Romano. Y, en otros, si no son perseguidos directamente, sí está mal visto ser «católico» o «cristiano», donde no se respeta la libertad de creer en lo que a cada uno le dé la gana.

En Francia, sin ir más lejos, puede verse a Cristo en la cruz en muchos cruces de caminos, están en perfecto estado, nadie los pinta, ni veja ni insulta. En Estados Unidos, cada cual piensa como le da la gana. Son muchas las series donde los personajes dicen ser católicos o cristianos (presbiterianos, por ejemplo), y se incluyen escenas de conversaciones con sacerdotes o la misa. Allí profesar tal o cual religión es normal, todas son respetadas.

En cambio, aquí ser católico puede suponer que a uno le miren mal. ¿No se puede creer en Dios sin que ello sea sospechoso de tener menos inteligencia o algún derecho colateral? Aquí es «progre» el ser ateo, o renegar de la Iglesia católica mezclando churras con merinas, pues hay creyentes que no van a misa. Se puede ser cristiano, creer en Dios y no ir a la iglesia. Cada cual organiza su vida espiritual como quiere. El Dios en quien yo creo no sabe de pasaportes, etnias, colores políticos o clases sociales. El ser humano desligado de su parte espiritual es proclive a ser manipulado y acobardado. Por eso, el miedo hace estragos en el mundo. El creer en «algo» superior a nosotros nos da esperanza, nos hace ser mejores seres humanos, más compasivos con el prójimo, más conscientes de nuestra temporalidad y de nuestra grandeza. En pleno siglo XXI, de nuevo, creer en Cristo, es de valientes.