Y Peter Pan creció

No es el mundo adulto un escenario fácil para dos niñas, por muy educadas que estén en protocolos monárquicos y aleccionadas para desenvolverse en marcos históricos. La imagen que mejor lo define es la posición de la princesa Leonor en el Congreso: sentada con las piernas rectas y los pies colgando. La actitud de un adulto en el cuerpo de una niña. O la llamada de atención a su hermana pequeña recordándole que cuando el Rey habla no se aplaude, aunque sea papá.

Advertidas por sus padres en gestos, actitud y comportamiento, inclinando la cabeza cuando la escenificación lo requería o sentándose no como crías que son, sino como parte de la familia real que representan, las Infantas han sabido estar pero sin dejar de ser niñas, como cuando Leonor le pidió a su padre que la aupara para ver mejor o cuando preguntó a su madre por el fajín que le estaban imponiendo al Rey. Como niñas, sonrieron cómplices y divertidas ante la mención de su padre en su discurso institucional y como hermanas se cogieron de la mano para compartir inseguridad en un gesto infantil. La naturalidad, en comunión con el sentido común, siempre es aplaudida.

Muchos argumentarán que para eso han sido educadas. Desde luego, pero tampoco han tenido muchas oportunidades para nutrirse de experiencia y para mostrarse de la manera impecable que lo han hecho. Lección dada por lección aprendida.

Dos niñas de 8 y 7 años han mostrado más madurez que algún adulto, especialmente dos, actores autonómicos que deberían haber sabido estar a la altura de los ciudadanos que representaban. No es cuestión de edad ni de años. Va a ser, como siempre, de educación y saber estar. Eso se tiene o no se tiene, se aprende o se rechaza por pura ignorancia. Menos mal que el mundo, como el futuro, es de los niños.