¿Y por qué no?

La Razón
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«¿Y por qué no?» escribió hace unos días en WhatsApp el secretario general del Partido Socialista para expresar su estado actual. Tal vez Pedro Sánchez quiso emular a Pensamiento Profundo, la ficticia supercomputadora inventada por Douglas Adams que dijo que cuarenta y dos era la respuesta al «sentido de la vida, el universo y todo lo demás» sin conocer siquiera cuál era la pregunta que se estaba planteando. Y hete aquí que nosotros, pobres mortales que no logramos penetrar en los arcanos de esta política de frases sin sentido –o de múltiples sentidos– que se practica en la España que nos ha tocado vivir, tal vez no sepamos si eso de «por qué no», aunque flanqueado por signos de interrogación, es una pregunta o una respuesta. Pensamiento Profundo nos ha dejado una vez más perplejos, buscando, sin alcanzarlo, el entendimiento de una situación política que amenaza con desencadenar una crisis institucional de imprevisibles consecuencias.

Pedro Sánchez es uno más en esa caterva de dirigentes políticos que, a todos los niveles, manejan actualmente los resortes del poder en España. Individuos muchas veces sin la formación adecuada, casi siempre sin experiencia profesional más allá de las filas de su propio partido, carentes de una ideología sólida, inclinados al oportunismo, aduladores con los de arriba e incapaces de mostrar con mínima coherencia los fundamentos de su propio proyecto político. Esto es lo que hay después de que, tras décadas de funcionamiento, el sistema electoral provisional de 1977, constitucionalizado un año más tarde, haya ido minando poco a poco a las elites dirigentes para dejar entrar en tan selecto club a personajes de desaliñado intelecto e insignificante virtud. Pues no se olvide que es precisamente el sistema electoral la estructura que filtra la entrada en la clase política y establece los incentivos para atraer hacia ella a determinados tipos de personalidades. Y, en esto, sólo cabe añadir que, según muestran los mejores sondeos, la mayor parte de los españoles desprecian a sus miembros y los consideran como uno de los principales problemas del país.

Pudiera ser que, en el embate que ahora se dirime después de que Rajoy haya aceptado el encargo real, saliera una solución a la gobernación del país. O tal vez no sea así y nos veamos abocados a participar con nuestro sufragio en unas nuevas elecciones. Pero sea cual sea el caso, será ineludible reformular la pregunta de Pedro Sánchez para dar entrada a cambios con sentido que saquen a España de la crisis institucional en la que se encuentra sumida. ¿Por qué no empezamos por hablar sobre las reglas de formación del Gobierno? ¿Por qué no cambiamos el sistema electoral de manera que los electos conozcan a sus electores? ¿Por qué no exigimos que, para entrar en el Congreso, los partidos tengan una cuota mínima del voto nacional? ¿Por qué no transformamos, en fin, ese sistema de valores que hace que los políticos fracasados nunca dimitan y se crean con el derecho a seguir ocupando asiento?