Ada Colau quiere todo el poder

La Razón
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Entre tanta confusión ideológica, la única propuesta que ha quedado claramente expresada por los nuevos líderes de la izquierda populista, Pablo Iglesias y Ada Colau, ha sido la del «derecho a decidir»: la de votar la posibilidad de que España trocee su integridad territorial. Es una idea sacada del baúl de los viejos partidos comunistas (aunque, a pesar de que la autodeterminación sólo estaba reconocida por la constitución de la difunta URSS, nunca fue aplicada), adaptada ahora al gusto del nacionalismo más radical, aunque retrógrado, porque la clave está en servírselo al electorado como si fuera una propuesta progresista y moderna, cuando se trata de un retroceso hacia un mundo cerrado. Sobre el terreno, esta propuesta la gestionaría un llamado Ministerio de la Plurinacionalidad, a cargo del cual Iglesias situaría a la persona de confianza de Ada Colau, según confesó él mismo. Por lo demás, el programa de estos partidos y coaliciones es pura exuberancia verbal y arrebato sentimentaloide: detestan la política, pero se han convertido en unos grandes profesionales. La alcaldesa de Barcelona es un ejemplo canónico. Ayer, Colau anunció la creación de un nuevo partido político que englobaría al suyo propio, Barcelona en Común, además de Podemos, Iniciativa y Esquerra Unida (versión catalana de IU). El objetivo no es otro que aumentar su cuota de poder y, en este caso, aspirar al gobierno de la Generalitat, lo que supondría alcanzar en un tiempo récord el control político de Cataluña. Es legítimo querer gobernar, aunque sea por la «gente», inconcreción de la que hacen bandera. Del llamamiento que hizo ayer la líder del nuevo partido destacan dos ideas. La primera, que con esta nueva formación se quiere dar respuesta a «una demanda ciudadana», con lo que se quiere poner en marcha una nueva legitimidad que sitúe por delante de las leyes la «voluntad del pueblo». Eso es el populismo: cumplimos el mandato del pueblo, que quiere un nuevo partido. Es el mismo lenguaje que Colau utilizó para su lanzamiento como candidata a la alcaldía de Barcelona, después de servirse de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Lo único cierto es que está haciendo un uso político de su responsabilidad pública, dedicada al cuidado de su imagen como la líder con más futuro en Cataluña y con serias aspiraciones a dar el salto a la política nacional. Las carencias políticas de Colau, que son evidentes, las suple con un mesianismo taumatúrgico. La segunda idea del mensaje de Ada Colau expuesto ayer tiene que ver precisamente con su posición en el tablero político y sus aspiraciones personales, incluso para definir su propio perfil frente a Pablo Iglesias. Sin embargo, mientras se dedica a la política partidista, ha renunciado a ser la alcaldesa de todos los barceloneses, algo que nunca tuvo en mente, ni estaba en su programa, para convertirse en una dirigente política global, en una activista social que puede utilizar sin control el poder que le da ser alcaldesa de Barcelona. Basta con escuchar sus intervenciones públicas para darse cuenta de que la ciudad sólo es un campo de ensayo y experimentación de las llamadas políticas «altermundistas» de los movimientos de agitación contra la globalización. Pero una ciudad necesita algo más: el freno de las inversiones y la paralización de determinados proyectos son la prueba. Entre sus credenciales presenta haber conseguido el Ayuntamiento de Barcelona y, en las últimas elecciones generales, 12 diputados y casi un millón de votos. Ha sido la cosecha de un año. No hay duda de que este nuevo partido usará el ingrediente milagroso en todos los cócteles políticos en Cataluña, el «derecho a decidir», lo que puede ayudarles a conseguir su nuevo objetivo: la Generalitat. Ada Colau no renuncia a tener todo el poder.