¿Con las manos en la masa?

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Manos Limpias se presentó ante la opinión pública como el azote de la corrupción en defensa de la Justicia. Su actuación, como la de su «alter ego», Ausbanc, levantó ampollas. Ayer, la Policía arrestó a las cúpulas de Ausbanc y Manos Limpias, incluidos sus principales directivos, Luis Pineda y Miguel Bernard, respectivamente. Fueron acusados de actuar de forma coordinada para extorsionar a bancos y personas vinculadas a los mismos con el fin de lograr acuerdos económicos enmascarados bajo falsos convenios publicitarios. También se los implicó en la obtención de subvenciones de forma fraudulenta y en la retirada de acciones penales a cambio de grandes sumas de dinero. Ayer se supo que pretendieron extorsionar a la defensa de la Infanta Cristina en el «caso Nóos» para retirar la denuncia. Las conductas que se les imputan son muy graves y especialmente repudiables en personas que, en principio, habían aparecido para luchar por una democracia limpia. En todo caso, la presunción de inocencia es un principio inalterable. Otra cosa es que el escándalo aliente la controversia en torno a la figura y el sentido en nuestro ordenamiento de la acusación popular, que ha patrimonializado Manos Limpias. Más aún tras conocer el chantaje a la Infanta Cristina, ya que es la única acusación que mantiene vivo el proceso contra ella.