Democracia frente al terror

La Razón
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Francia celebrará mañana la primera vuelta de una de las elecciones presidenciales más decisivas de su historia reciente, sólo 48 después de que el yihadismo atentara de nuevo en los Campos Elíseos de París, en pleno corazón turístico y comercial de la capital. Los franceses arrancarán el proceso para designar al inquilino del Elíseo en medio de una enorme igualdad entre los cuatro aspirantes con más posibilidades para disputar la segunda vuelta el próximo 7 de mayo y conmocionados por el asesinato de un agente a manos de un terrorista del Estado Islámico, que dejó también otros dos policías heridos. Lo harán también en el clima de excepcionalidad derivado del estado de emergencia en vigor desde los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París. No es fácil digerir toda esa tensión y miedos acumulados y mantener la lucidez necesaria para tomar la mejor decisión en las urnas para el país. Es cierto que la sociedad gala ha sufrido demasiadas tragedias y ha respondido con entereza y serenidad, como se espera de la ciudadanía de una democracia liberal asentada. Pero también lo es que algunos de los favoritos electorales han estado muy lejos de lo que se espera de un gobernante en circunstancias tan complejas y proclives al estallido demagógico. La cita de las presidenciales pondrá a prueba de nuevo el temple y la sensatez de unos y otros. Aunque parece imposible que una amenaza terrorista del calado de la que padece Francia no interfiera ni mediatice las decisiones, por mucho que lo ideal sería que lo sentimental y lo intestinal no condicionaran a lo racional, los ciudadanos del país vecino, como los españoles o los de cualquier otro Estado, tendrían que interiorizar que el terrorismo nunca debe lograr victoria alguna, por activa o por pasiva, en las urnas, porque su triunfo es la derrota de los principios de la democracia. El miedo, el rencor e incluso el odio no son argumentos electorales tolerables en una comunidad madura y libre por mucho que algunos candidatos franceses hayan decidido apostar por instrumentalizar las fobias y las dudas en su propio beneficio, que no en el bien del país. Tras este último atentado en París, Marine Le Pen ha insistido en cerrar las fronteras de Francia y en expulsar del país a todos aquellos objeto de una «ficha S», es decir, sospechosos de ser una amenaza, y François Fillon ha reclamado renegociar el Tratado de Schengen para mantener el control de las fronteras nacionales más allá de noviembre. Aunque no sean pronunciamientos estrictamente equiparables, sí coinciden en la instrumentalización de un estado de ánimo provocado por una tragedia continuada. Ese no puede ser el papel de aquellos que pretenden erigirse en estadistas y dirigir Francia, porque ni el populismo ni el cortoplacismo aportan las respuestas que desafíos complejos y peligros tan serios demandan. Los franceses tendrán que elegir entre Marine Le Pen (Frente Nacional), Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa), Emmanuel Macron (En Marcha) y François Fillon (Los Republicanos). Es un abanico lo suficientemente amplio y dispar como para que el destino de la República pueda recorrer senderos antagónicos, con la consiguiente repercusión para Europa. Las opciones extremistas de Le Pen o Mélenchon, con sus planes proteccionistas y la salida de Europa y de la OTAN, supondrían un retroceso histórico que abocaría a un futuro caótico que estaría muy lejos de garantizar la seguridad y menos aún la libertad. El terrorismo no puede ni debe radicalizar las respuestas electorales de la gente, sino extremar la responsabilidad para sacar adelante las opciones moderadas empeñadas en dar más respuestas a los problemas y menos titulares oportunistas y frívolos.