El PP busca la centralidad

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El mapa electoral español empezó a cambiar en las elecciones generales de 2015, cuando se empezaban a mostrar los primeros signos de recuperación económica tras la pérdida de más de tres millones de trabajo. El otro factor que descompuso el bipartidismo en el que se ha basado nuestro sistema parlamentario desde la Transición ha sido el desafío nacionalista catalán y el colofón final del «procés» con los graves hechos de octubre de 2017. Podemos y Ciudadanos se abrieron paso en este contexto empujados por estos dos vectores, crisis económica y crisis territorial. La cuota más alta de diputados conseguidos por el PP fue en los comicios de 2011, con 186 diputados, mayoría con la que gestionó con buenos resultados la peor de las crisis económicas sufridas. Fueron también los populares los que tuvieron que hacer frente al mayor ataque que ha sufrido nuestra democracia. Se cometieron errores de apreciación de la gravedad del conflicto, se dejó demasiado terreno a los independentistas, que actuaron con vergonzosa deslealtad desde la Generalitat, permitiendo que Cs se acabara convirtiendo en un referente de defensa de la legalidad en Cataluña. El resultado fue inapelable: el PP, de su representación más alta, cayó a 123 escaños. Una legislatura después perdía la mitad, hasta llegar a los actuales 66. Cuando Pablo Casado aceptó el reto de liderar el PP era consciente que remontar la situación no iba a ser fácil. Es evidente que la recuperación del voto sería una tarea imposible si no se cuenta con una organización unida, fuerte y territorialmente bien armada. El debate en Génova se ha centrado entre los que creen que el discurso debe ser moderado y los que consideran que hay que acrecentar el contenido ideológico que defina con más claridad un perfil patriótico y liberal. Como es fácilmente comprensible, un partido que ha perdido en cuatro años 120 diputados no está para muchas disputas internas y sería lógico que lo urgente es aunar todos los esfuerzos en una misma dirección. La llegada al Gobierno del PSOE en mayo de 2018 de la mano de una moción de censura dirigida por Pedro Sánchez, que sólo contaba con 85 escaños, ha distorsionado toda la política española. De dos partidos centrales comprometidos con la gobernabilidad y dispuestos a pactar los temas importantes de Estado, se ha pasado a un enfrentamiento entre bloques, un hecho que ha hipotecado al PP. De ahí que no hayan pocas voces que reclamen una revisión de la marca España Suma, que rearmaría a los socialistas en su estrategia frentista. Es decir, Génova quiere movilizar a los suyos, pero sin movilizar a sus adversarios. Siempre hay que aprender de los errores, y la última campaña electoral demostró que debe contarse con la estructura territorial del partido y sus barones. No se entendería que una formación que sigue gobernando en comunidades, importantes ciudades y que sigue contando con una militancia activa no tenga en cuenta esta realidad. Los populares –pese a la presión de Vox y su discurso radical– no puede perder la centralidad y, ni mucho menos, dejarla para un Pedro Sánchez que es capaz de pactar con los independentistas y luego reclamar la moderación. Dar entrada en las listas electorales a voces de la sociedad civil no debe confundirse con dejar que la política deje de ser una actividad profesional y no un plató de televisión. El PP no tiene más solución para remontar su situación que ser ambicioso si quiere llegar por lo menos a los 80 diputados. En este sentido la circunscripción de Barcelona será fundamental, por lo que elegir a los mejores candidatos será clave.