El Prado está por encima de la política

Hace unos días, al anunciarse la muerte de Stan Lee, el creador de Spiderman y otros superhéroes, se oyó decir, puede que afectados por una mitología muy necrofílica, que desaparecía un representante de la cultura viva y moderna –a lo que nada se puede objetar–, dejando caer, sin embargo, que existían otros saberes encerrados en los museos y bibliotecas cubiertos de polvo que ya sólo eran pasado. Uno de los grandes misterios de la cultura es saber cómo perduran los grandes autores, músicos, pintores, escritores y poetas, por encima de las voraces modas. Italo Calvino se preguntó en un célebre ensayo por qué hay que seguir leyendo a los clásicos; su respuesta fue sencilla: «Un clásico nunca termina de decir lo que tiene que decir». Y añadió: «Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone». Pocos lugares como el Museo del Prado acogen tanto saber vivo, aquel que todavía sigue cuestionándonos sobre lo esencial de la condición humana. Son esos cuadros, aparentemente silenciosos, los que conforman la base de una cultura sólida, la única que hay que proteger con sentido de Estado, gobierne quien gobierne. La que nos hace dignos como país. El Prado es, además, una pinacoteca que explica de manera ejemplar el arte universal desde el siglo XV, y algo que la hace ser única: su origen parte de las Colecciones Reales y de la monarquía hispánica. Entre las muchas gestas que tuvieron lugar en la Guerra Civil, si alguna no derramó una gota de sangre fue la del traslado de las obras del Prado a Ginebra, una operación que pudo ser innecesaria, además de arriesgada, pero que ejemplifica lo que significaba para nuestra cultura. Salvar al Prado era salvar a España. Ahora, proteger el Prado significa dotarlo presupuestariamente de la manera que se merece una estructura compleja que debe conservar 38.000 piezas y mantener actualizado sus estudios. Es decir, mantener la autoridad de que cuando se atribuye una obra baste decir que es así porque así lo considera el Prado. Ese es su prestigio intelectual y a ello deben responder todos los gobiernos. Para 2018 cuenta con un presupuesto de 49,7 millones; para hacernos una idea: el Fondo de Protección de la Cinematografía dispone de 70,8 millones. Tras la compleja ampliación emprendida en 1994 se selló un pacto de Estado que sigue siendo el más sólido de los suscritos por los entonces dos grandes partidos mayoritarios, PSOE y PP –ejemplo de lo que debería ser para otros ámbitos, como Educación, Investigación y Ciencia–, lo que ha permitido dotarse de una gestión moderna, ágil y eficaz y salir de la maquinaria de la administración, o buscar fuentes de ingreso privadas y patrocinios, cuyo éxito precisamente no debería penalizar a las cuentas del museo. Baste decir que es la única institución pública en la que el Estado no cubre el total del sueldo de los trabajadores –sólo lo hace en un 60%– o que autofinanciándose en un 70% le acabe perjudicando. Por ejemplo, los actos y exposiciones de su bicentenario que empiezan ahora cuentan con un presupuesto de 12 millones que saldrán de sus cuentas ordinarias (un 20% será de aportación privada). De los grandes museos internacionales (Metropolitan, Tate y National Gallery, Louvre) el Prado es el único que afronta, de nuevo, una ampliación. En este caso es ambiciosa –presupuestada en 42 millones– desde el punto de vista museográfico: la rehabilitación del Salón de Reinos para incluir las pinturas que Velázquez y otros maestros que concibieron para ese lugar. Este es un ejemplo de lo que perdura o no en la cultura: la mayor inversión que el Estado –diríamos que un Estado moderno en el mundo– va a realizar en materia de cultura es para mantener viva obras como «La reedición de Breda» (1635), las pinturas ecuestres realizadas para el antiguo Palacio del Buen Retiro. El Museo del Prado es la mayor institución cultural española y en ella misma debemos depositar nuestro compromiso real con la cultura.