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En manos de Bildu y ERC

El cálculo que los estrategas de La Moncloa habían hecho para mantener a Pedro Sánchez en la presidencia del Gobierno pende de un hilo. Ese es el riego de disponer de una mayoría tan exigua, muy por debajo de lo recomendable para asegurar cualquier estabilidad y sostenida por nueve partidos. Seguimos en el mismo esquema político que propició el triunfo de la moción de censura en 2018, una suma de intereses contrapuestos con un común denominador: dejar fuera de juego al PP. Pero el PSOE debería saber que no puede haber solución a la crisis de Cataluña sin el Partido Popular. Ayer se confirmó que los populares habían ganado un meritorio escaño en Vizcaya para Beatriz Fanjul, en honor al esfuerzo de este partido por mantener el espíritu constitucional en años muy difíciles, que arrebata al PNV. De esta manera, los nacionalistas vascos pierden uno, con lo que los seis que tienen ahora serían insuficientes, una vez sumados al bloque favorable a la investidura de Sánchez, para superar a los que estarían dispuestos a votar no. Sobre el papel, el candidato socialista tendría 168 apoyos, frente a 169 en contra, pero teniendo en cuenta el supuesto de que ERC se abstuviera, lo que siendo el partido del que se trata sería bajo unas condiciones inaceptables para un partido constitucionalista. Pero es que, además, habría que contar con la abstención de Bildu o, en su defecto, de Junts per Catalunya. Es decir, en estos momentos la investidura de Sánchez está en manos de ERC y Bildu, dos formaciones abiertamente contrarias a la integridad territorial de España y, en el que caso de los abertzales, una herida moral en la conciencia democrática por su implicación con el terrorismo etarra. De nuevo el futuro del PSOE en La Moncloa depende de dos formaciones contrarios a los intereses nacionales, lo que no será gratuito. ERC ya ha exigido retomar los contacto de Pedralbes, con la figura del «relator», una verdadera humillación a un Estado democrático, y más ahora, cuando las instituciones catalanes agitan la calle y justifican la violencia. En cuanto a Bildu, no hay duda de sus pretensiones, según lo expresó ayer Otegi: abrir una «agenda democratizadora (sic) en profundidad» que atienda los derechos de autodeterminación del País Vasco y Cataluña y la libertad de los líderes independentistas. Son posiciones inasumibles, aunque en un caso de extrema necesidad nada indica por ahora que Sánchez no aceptaría la abstención bajo la evidencia de que los separatistas nunca aceptarían un gobierno que no fuese la coalición anunciada por Sánchez e Iglesias. No hay que olvidar que de los de 16 partidos representados en las Cortes, seis son independentistas (35 escaños), sin contar con los 35 diputados de Unidas Podemos favorables a ejercer el derecho de autodeterminación llegado el caso. Es decir, para que el futuro «Gobierno progresista» saque adelante sus leyes o apruebe los presupuestos tendrá que contar con 70 diputados empeñados en la desestabilización del Estado, sea por propiciar un cambio de régimen o la ruptura de la unidad territorial. España necesita entrar en una senda de moderación, que la política retome la centralidad, alejada de soluciones populistas a derecha y a izquierda y que, en un momento tan grave coomo el actual, los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, lleguen a un acuerdo de estabilidad. Es cierto que Sánchez rechazó esta opción y precipitó el anuncio espectacular de un acuerdo con Iglesias –del que semanas antes había renegado–, pero no será fácil que un Gobierno que ha despertado la desconfianza del mundo económico y que va a necesitar aliados que son un peligro para la estabilidad eche a andar. Todavía hay soluciones que requieren de la responsabilidad de sus actores: Sánchez podría ser investido con el apoyo de los 10 diputados de Cs y la abstención del PP. Se debe imponer la política con mayúscula.

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