España fallida: Rajoy no es el problema, es la ambición de Sánchez

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De la mano de Pedro Sánchez, el PSOE ha culminado su última operación política: impedir que Mariano Rajoy sea investido presidente y llevar a España al bloqueo institucional. Un gran logro. Para esto no ha sido necesario presentar ninguna alternativa, ni fórmula de gobierno, ni siquiera soñar con una gran coalición con Podemos e independentistas. A lo sumo, insinuó tener una fórmula de gobierno. Ya veremos cuál. Pero, por contra, la línea a seguir la ha marcado Felipe González: que el PP cambie de candidato. La propuesta habrá sido un balón de oxígeno para el actual líder socialista, acuciado por su propio partido. «El partido más votado presenta un candidato que es el más vetado», ha dicho González. Tal debe ser la situación del socialismo español en estos momentos, que ha tenido que salir a la palestra un presidente que, aunque también votado, tuvo el veto de la corrupción institucionalizada y algún asunto inconfesable en la lucha antiterrorista. Albert Rivera también insinuó, y no es la primera vez, que Rajoy podría ser el problema. Rivera, a veces, demasiadas ya, confunde el centrismo con las medias tintas. Si Rajoy ha sido cabeza de lista del partido más votado, no puede ser vetado, por estricto sentido democrático. Sólo las urnas pueden hacerlo y nada indica que pueda ser así. De momento, Rajoy ha convocado al Comité Nacional del PP, algo que Sánchez no ha hecho con el Comité Federal socialista para evitar que afloren las primeras críticas. Decir que Rajoy busca las terceras elecciones, como ayer se oyó decir a Sánchez, es sólo la constantación de que el cinismo político es un maquillaje para esconder un fracaso colectivo.

Hay momentos en los que las naciones dan pequeños pasos que suponen saltos dentro de su propia historia. España dio un gran paso con la aprobación de la Constitución de 1978: políticos y ciudadanos estuvieron entonces a la altura de una situación que exigía responsabilidad. Ayer, asistimos a un momento de claro retroceso político: fue la demostración de que los partidos políticos no han sabido administrar correctamente el mandato recibido en las urnas. Podemos decir que ha sido un fracaso colectivo sin paliativos. En las dos sesiones de investidura quedó claro que en muchos políticos siguen pesando más sus intereses parroquiales –incluso su propia supervivencia– que los generales del país. Si el regeneracionismo del que todos hacen gala no sirve para poner un orden de prioridades entre lo que es bueno para el conjunto de la sociedad y lo que sólo es útil para un reducido sanedrín, apaga y vámonos. Pedro Sánchez ha dado un ejemplo de inmadurez política que deja muy por debajo lo que se espera de un partido como el PSOE. Impidiendo que Mariano Rajoy pueda formar gobierno, ha situado el debate en niveles ínfimos; ni siquiera ha servido para contraponer la «ética de la convicción» –sólo votaré lo que indiquen mis principios–, frente a la «ética de la responsabilidad» –la que tiene en cuenta la consecuencia de los actos–, sino que todo ha quedado en un cálculo para impedir que su adversario político –que no su enemigo– pueda gobernar, sin ni siquiera medir lo que supone para nuestra estabilidad política y perspectivas económicas.

Rajoy aceptó el encargo de investidura de Felipe VI convencido de que podía construir una mayoría suficiente. Negoció con Albert Rivera un programa de medidas que le ha permitido sumar 170 votos, un número suficiente para gobernar. La mayoría de las medidas acordadas con el partido naranja sirvieron a su vez de base para el acuerdo que Sánchez y Rivera sellaron en la pasada legislatura, pero de nada sirvió. Rajoy ha expuesto con argumentos y rigor la viabilidad de este acuerdo y la necesidad de que los socialista se sumaran a él ejerciendo la oposición desde la fiscalización de dicho pacto. El presidente en funciones ha realizado un ejercicio parlamentario de primer nivel, con buen tono, ánimo de concordia, evitando que la Cámara se convirtiese en una tribuna para la demagogia y la insustancialidad –lo que, por desgracia, no logró– y abriendo la puerta a una experiencia política inédita en nuestra historia: que Gobierno y oposición indaguen fórmulas de colaboración más allá de las que requieren los asuntos de Estado en un momento en el que la sociedad lo está pidiendo. No ha sido posible. Sánchez debe saber que su estrategia ha fracasado, que ha vuelto a perder la investidura, pero esta vez proyectando su nefasta estrategia en la figura de Rajoy. Ante la pregunta «¿y ahora qué?» hay que exigir una respuesta que vaya más allá de un resignado: nuevas elecciones.