Opinión

Estéril cruce de reproches en el PP

La Razón
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En política, como en toda peripecia vital, es en los momentos de dificultad cuando más conviene mantener la calma y no dejarse arrastrar por la circunstancias. Si esta máxima viene siendo válida desde que el mundo es mundo, mucho más en esta época de ebullición de las redes sociales que, irónicamente, amenazan con reducir la aldea global de Marshall McLuhan a una de sus tabernas. No se trata, por supuesto, de minusvalorar el alcance de los malos resultados obtenidos por el Partido Popular, pero sí de recalcar que ni los reproches ni las reacciones sanguíneas aportan utilidad alguna ni, además, pueden sustituir al análisis sosegado y a la reflexión profesional. Así, nada puede ser peor que poner en duda la propia identidad, desdibujando la trayectoria de un partido enmarcado en el ámbito del centro derecha europeo y de la gran tradición conservadora occidental, que ha sido uno de los pilares de la democracia moderna, por más que se vea acuciado, como otras formaciones del mismo espectro ideológico, por el surgimiento de movimientos de carácter populista que medran en las coyunturas adversas. Que el Partido Popular ha cometido errores es tan cierto como que ha tenido que afrontar en el ejercicio del Gobierno de la Nación situaciones de enorme dificultad, como la crisis económica y su derivada en el proceso secesionista en Cataluña. Que Mariano Rajoy tuvo aciertos, que elogiamos cuando se produjeron, es igualmente tan cierto como que se equivocó, y también lo denunciamos, al empeñarse en una estrategia socialdemócrata, que, con Cristóbal Montoro al frente, primó las política de mayor imposición fiscal sobre la necesaria reducción y racionalización del gasto público. Y, también, que renunció, en el altar del mayor consenso posible, a imponer en Cataluña la medidas enérgicas que demandaba la gravedad de la intentona separatista. Esos errores no sólo no han traído el menor reconocimiento de una izquierda sectaria, sino que sumieron en el desconcierto a sus votantes y han llevado a una parte de los mismos a tildar de cobarde esa manera de entender la política. Si a la ecuación le sumamos, no hay que ocultarlo, los casos de corrupción, lógicamente explotados hasta el fariseísmo por los adversarios, y la falta de reflejos, de agilidad en la respuesta, de la anterior dirección popular, tendremos los elementos básicos que explican la derrota. Lo sucedido no se puede achacar a Pablo Casado, aunque seguro que algún error puede haber cometido porque nadie es perfecto, y además la convocatoria urgente y partidista de elecciones por Pedro Sánchez buscaba, precisamente, que su rival no tuviera tiempo de consolidar su liderazgo y estrategia. Es humanamente comprensible que, todavía los hechos demasiado próximos, se niegue el saludo protocolario a un transfuga, pero las cosas no deberían pasar de ahí. Y esto reza tanto para quienes están hoy al frente del Partido Popular como para los que, después de décadas de actividad política en las instituciones, han sido relevados, algunos en circunstancias, si se quiere, poco edificantes, por no entrar en más detalles. Su actual presidente, Pablo Casado, fue elegido en unas complejas elecciones primarias en dos vueltas apenas hace nueve meses. Su elección vino determinada por la necesidad de renovación del partido y entre aquellos militantes que sí se decidieron a dar un paso al frente y aceptaron la responsabilidad en un momento que se sabía muy difícil. Los resultados no han sido buenos para Casado, pero tampoco, a nuestro juicio, lo han sido para el futuro de España, que, por ello, aborda en menos de un mes unas elecciones municipales y autonómicas de enorme trascendencia. El Partido Popular está obligado a recuperar el voto perdido. No lo hará despreciando sus valores tradicionales ni, mucho menos, insultando a sus antiguos votantes.