Europa ante el terror

La Razón
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Debemos admitir que el terrorismo yihadista puesto en marcha por el Estado Islámico en Europa ha alcanzado uno de sus primeros objetivos: imponer un estado de psicosis colectiva. Es decir, vivir en una situación de miedo permanente y, lo que es peor, convivir con él como un mal irremediable con el que será difícil acabar. Es lo más parecido a una epidemia, con la diferencia de que ahora no existe un foco concreto que neutralizar, sino la diseminación del terror en miles de potenciales combatientes-psicópatas anónimos dispuestos a convertir sus dramas y demencias personales en motivos para atacar al conjunto de los ciudadanos y culpabilizarlos de su vesania. Estamos ante un nuevo fenómeno en el que se han sobrepasado las líneas que separan la contradicción entre enemigos: ya no se eligen a los muertos en función de su valor simbólico. Ahora todos somos potenciales víctimas y, sin exagerar, la propia vida es la víctima, igual que el gas mostaza o la guerra bactereológica fueron utilizados para acabar con cualquier ser viviente como una forma de limpieza colectiva, este terrorismo lo hace en nombre de Alá. El Estado Islámico corresponde a un estado evolucionado hacia las formas más destructivas del yihadismo, incluso podemos decir que es la forma posmoderna de un terrorismo que no tiene límites, que está más allá de cualquier tipo de moral y que puede llegar a imitar formas de destrucción que sólo aplicables en la realidad virtual y otros juegos informáticos. Que un joven de 18 años ponga en jaque al Estado alemán sólo puede explicase desde la implantación de una «psicosis real», en la que terror más execrable puede hacerse realidad. En los últimos tiempos se ha hablado de «lobos solitarios» y, tras la masacre de Niza, de «combatientes exprés», pero, en todos los casos, se inscriben en una pluralidad de expresiones propias del terrorismo global. La última tragedia de Múnich, si se confirma que el atacante no mantenía vínculos con el islamismo radical, como así parece, sigue siendo igualmente preocupante porque se trata de casos en los que se desarrollan demencias puramente clínicas con métodos copiados del terrorismo. Existe, además, un contexto internacional donde inscribir este nuevo tipo de guerra sin soldados, como demuestra el ataque suicida de ayer contra una manifestación en Kabul, que ha causado al menos 80 muertos y 231 heridos. El atentado ha sido reivindicado por Isis. Podemos decir que el conflicto tiene lugar en dos escenarios: el que corresponde a la expansión territorial en el mundo musulmán y el que tiene lugar en el conjunto de las sociedades occidentales y democráticas. Ambas forman parte de la misma guerra, de manera que los ataques en Europa tienen la función de contrarrestar las derrotas que el Isis está sufriendo en Oriente Medio. Sin embargo, la indefensión que puede provocar un solo terrorista armado –incluso un psicópata– en un centro comercial es directamente proporcional a la libertad y la tolerancia que se practican en nuestra sociedad. El objetivo del Isis no es otro que estigmatizar a la comunidad islamista en Europa, conseguir su aislamiento, segregarla del conjunto y convertirla en un ejército interior al servicio de la yihad. A raíz del suceso de Múnich, se ha llegado a plantear –sin duda, precipitadamente– que los accesos a los centros comerciales estén protegidos por arcos de seguridad. No cedamos nuestros espacios de libertad y convivencia a la barbarie. El ataque frontal que el Estado Islámico ha planteado debe ser repelido tanto en el escenario propio del conflicto por el conjunto de las fuerzas aliadas como, en nuestro propio territorio, con formas de seguridad inteligente que neutralicen a potenciales terroristas. La libertad se defiende, pero no se fortifica.