Historia

Franco, el otro «fichaje» regenerador del PSOE

La Razón
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Francisco Franco, la Guerra Civil y la dictadura vuelven al programa electoral socialista, como si fueran otro «fichaje» regenerador del PSOE. Se equivocan, por lo tanto, quienes crean que detrás de las propuestas de ampliación de la Ley de Memoria Histórica existe una voluntad sincera de abordar la última gran tragedia española desde la reconciliación y la reparación de los daños causados. Primero, porque no es necesario en una sociedad que, pese al rencor inextinguible de unos pocos, hace mucho tiempo que ha superado la dicotomía de aquel enfrentamiento que, además, ya es inexistente en el imaginario de las nuevas generaciones. Segundo, porque una historia del acontecimiento histórico digna de ese nombre obligaría a los impulsores de la «memoria» a reconocer su papel, poco edificante, en el desencadenamiento del conflicto. En este sentido, conviene recordar que no fue hasta la década de 1980 cuando el PSOE, de la mano de Felipe González, renunció al marxismo como errada concepción ideológica, abrazando la socialdemocracia moderna de corte occidental.

Si no hay, pues, voluntad de reconciliación ni de reconocimiento de los propios errores, ni existe una exigencia social de conocimiento, más allá de los clichés al uso y de los relatos familiares, es legítimo preguntarse cuál es la intención que ha movido a los últimos directorios socialistas a remover las fosas, despreciando, incluso, el riesgo de reabrir dolorosas heridas, que se creían cicatrizadas tras el proceso de transición del régimen franquista a la democracia llevado a cabo mediante una Ley de Reforma Política que fue legitimada en referéndum.

En realidad, esta que parece obsesión otoñal del PSOE tiene el claro objetivo político de tratar de identificar a los representantes del centro derecha español, especialmente al Partido Popular, como supuestos herederos del franquismo. Un estigma indeleble que deslegitimaría cualquier observación, por razonable que sea, a la improcedencia de imponer un pensamiento único en la interpretación del pasado. De ahí que se propongan medidas, como la exhumación y traslado del cadáver de Franco, que no buscan más que la provocación, pero que, a la postre, caen en el vacío social. Como en la cuestión religiosa y la promesa de denuncia del Concordato con la Santa Sede, que es otro de los grandes clásicos de los programas electorales socialistas, consideran que no tiene coste político alguno, como no sea la mirada irónica ante el empeño entusiasta por actualizar el viejo dicho de «a moro muerto, gran lanzada».

Yerra Pedro Sánchez, el candidato socialista a la presidencia del próximo Gobierno, si cree que reafirmando su anticlericalismo y volviendo al discurso guerracivilista puede recuperar el voto perdido por su izquierda. No, la sociedad española, que acaba de atravesar uno de los periodos más difíciles de su reciente historia democrática, mira al futuro y no a un pasado cada vez más remoto. Al calor de la crisis, de sus consecuencias sobre el tejido social, han surgido partidos populistas que promueven las viejas fórmulas económicas de la izquierda, mil veces fracasadas, como si fueran la nueva panacea. En estas circunstancias, si el PSOE aspira a recuperar la posición que tuvo en la escena política española, debería mirar hacia la moderación del centroizquierda, donde, ahí sí, se encuentran la mayoría de sus votantes perdidos.