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La Razón
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Cuando desde la oposición y las centrales sindicales se emplean intencionadamente los términos «austeridad» y «recortes» para describir la estrategia seguida por los gobiernos de España y Alemania frente a la crisis, se hace imperativo denunciar esa impostura de raíz puramente partidista, que obvia los fundamentos de hecho. Tanto España como Alemania, aunque en tempos distintos, se vieron abocadas a tomar medidas drásticas para reconducir una situación de riesgo grave de las finanzas del Estado y, por lo tanto, de los servicios públicos esenciales. Con una diferencia de calado. Mientras en Alemania la oposición arrimó el hombro, incluso con coaliciones de gobierno transversales, respaldando a la canciller, Angela Merkel; en España, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, no ha recibido apoyo alguno por parte del PSOE, pese a la apurada situación de la economía nacional, que parecía condenada al rescate, y –todo hay que decirlo– pese a la evidente responsabilidad contraída por el anterior Gobierno socialista en la mala gestión de la crisis. Por ello, lo que se tilda despectivamente de «obsesión por la austeridad» no era otra cosa que la búsqueda de la racionalización de un gasto público desbocado, y en buena parte estéril, por medio de un programa de reformas que consiguiera mayores índices de competitividad, eliminara lastres burocráticos y redujera el fraude fiscal y la corrupción. Y si Alemania pudo llevar a cabo sus reformas en un periodo expansivo de la economía internacional, España lo ha hecho en medio de una de las recesiones más profundas de la historia reciente. Es, pues, del todo lógica esa sintonía entre Angela Merkel y Mariano Rajoy que se ha podido percibir con nitidez durante su encuentro en Galicia. Pero si bien ambos mandatarios coinciden en el diagnóstico de los problemas que aquejan a la eurozona y plantean soluciones similares para resolverlos, mantienen diferencias de criterio bien conocidas sobre la urgencia de la reforma del supervisor bancario europeo y, sobre todo, la conveniencia de impulsar cuanto antes las políticas de estímulo financiero. Y las actuales circunstancias económicas en la zona euro abonan la posición de Mariano Rajoy. Porque, si por un lado, las dificultades de Francia e Italia demuestran la inevitabilidad de las reformas estructurales y la corrección del déficit público, el parón alemán, aunque coyuntural, expresa los riesgos de alargar en exceso la contención del gasto. Aun con todo, España y Alemania, convertidos en socios preferentes dentro de la Unión Europea, están llamados a liderar la recuperación de una eurozona que todavía da muestras preocupantes de debilidad. No es poco para un país que no hace dos años parecía condenado al rescate.