Opinión

Nada nuevo bajo el sol

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Abordar cualquier análisis sobre los planteamientos políticos e ideológicos de la formación que lidera Pablo Iglesias tropieza con una grave dificultad: la indefinición de unas propuestas que sólo se sustentan en la demagogia, por oposición a la retórica. Así, se hace imposible entender qué significan realmente términos como «democracia radical», «construcción de una mayoría política de ciudadanos» o «llenar las calles de gente normal», como si los 18 millones de españoles que votaron en las últimas elecciones a los dos grandes partidos, PP y PSOE, no merecieran la deferencia de ser considerados ciudadanos normales, o como si el sistema democrático español careciera de la única radicalidad atribuible a un proceso electoral: el absoluto respeto a los resultados de las urnas. Porque, ayer, en Barcelona, el secretario general de Podemos volvió a demostrar que en materia de populismo es difícil hallar algo nuevo bajo el sol cuando tuvo que recurrir a la muleta habitual de la izquierda, el «derecho a decidir», para esquivar el núcleo de la cuestión, que no es otro que adoptar una posición clara sobre a quién corresponde la titularidad de la soberanía nacional, si al conjunto de los ciudadanos españoles o a una parte de los mismos. Por supuesto, Pablo Iglesias juega con uno de los manidos artificios del demagogo, en su acepción clásica, que es el halago a los electores, al «pueblo», a quienes exonera de cualquier responsabilidad personal o colectiva, por mínima que sea, en el desarrollo de los acontecimientos. Pero ese alivio de pesares que transfiere la culpa a unos supuestos malvados, en este caso «la casta política», y al sistema que la perpetúa, la «democracia burguesa», no dejaría de ser pueril, amén de manido, si no operara en un escenario de deterioro económico general que ha dejado al descubierto tanto los errores acumulados en una década de alegre endeudamiento, como los límites del estado del bienestar. No es un fenómeno exclusivo de la sociedad española, sino que se extiende por la geografía europea de la crisis con aspectos diversos pero con un mismo fondo. Pensamiento mágico que atribuye a la simple voluntad poder de modificar leyes tozudamente inmutables y se arroga la infalibilidad de sus recetas. Es Marine Le Pen reclamando el restablecimiento de los aranceles aduaneros, o el líder de Syriza, Alexis Tsipras, exigiendo que Grecia no pague sus deudas, como si el mundo fuera a cruzarse de brazos sin reaccionar con medidas de reciprocidad. Como en España, las encuestas favorecen a este tipo de formaciones en la intención de voto declarada, pero su verdadera dimensión sólo se alcanzará a través de las urnas, de esas urnas sobre las que se ha construido el régimen de libertades. Hasta entonces, cabría esperar que Pablo Iglesias y Podemos nos explicaran cuál es su plan y, sobre todo, cómo piensan llevarlo a cabo sin saltarse las reglas de juego.