Opinión

No conseguirá dañar a la UE

La Razón
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La advertencia del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, de que la recuperación de la eurozona está perdiendo impulso debería actuar de revulsivo entre todos los socios europeos concernidos, pero especialmente en aquellos que, como Italia y Francia, están muy lejos de haber cumplido con su parte del compromiso de reforma y saneamiento económicos. De hecho, los problemas que convierten el crecimiento de la región en un proceso «débil, frágil y desigual» son de carácter endógeno, por más que los riesgos geopolíticos, por otra parte siempre presentes en el devenir de la historia, puedan ejercer una cuota de influencia de problemática cuantificación. Porque, sin desdeñar la importancia para la economía europea de una nación con la población y la extensión territorial de Rusia, la influencia de las represalias aduaneras impuestas por Vladimir Putin apenas se dejará sentir en los índices de crecimiento de la UE, mucho más sensible a cuestiones como la variación de los tipos de cambio de la divisa o al flujo del crédito financiero. En el caso español, específicamente, las sanciones rusas afectarán a algunas líneas de exportación agropecuaria, que tendrán que ser dirigidas a otros mercados, lo que se antoja más factible a medida que el euro se reequilibra con respecto al dólar, mientras que las importaciones de productos petrolíferos, no muy cuantiosas, son fácilmente sustituibles por otros proveedores. Por supuesto, la exposición al gas y al petróleo ruso sí es determinante para otros países de la UE que, pese a las repetidas señales de peligro, no han sabido o podido diversificar el suministro energético y pueden verse en dificultades este próximo invierno. Pero, al mismo tiempo, la crisis supone una oportunidad para cambiar un modelo demasiado dependiente de un proveedor «temperamental» y poco dispuesto a honorar los compromisos contraídos con la Organización Mundial del Comercio. Una oportunidad, por ejemplo, para impulsar de una vez por todas una red de gasoductos que, desde Argelia, vía España, o desde Turquía, vía Bulgaria, eluda los vetos de Moscú. Es preciso, por lo tanto, no dejarse ofuscar por la política de represalia del Gobierno ruso –que depende en gran medida de las importaciones de bienes y servicios europeos para mantener el crecimiento de su economía– ni caer en equivocados pronósticos catastrofistas que, de hecho, Draghi no ha planteado en momento alguno. El problema europeo es de debilidad de la demanda interna y de la escasez del crédito, pero también de la renuencia francesa e italiana a llevar a cabo sus programas de ajuste y saneamiento, como ha hecho España, cuya economía crece a mayor ritmo de lo previsto. Ahí es donde deben operar las instituciones comunitarias para dar un impulso definitivo a la recuperación de la eurozona.