Pedro Sánchez pasa a la historia

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Pedro Sánchez pasará a nuestra historia política reciente por ser el primer candidato a la presidencia del Gobierno que no consigue salir investido. No era fácil, lo admitimos, pero ahora hemos comprobado que era imposible, y Sánchez lo sabía. Este hecho sería suficiente para que el secretario general del PSOE desistiera en su intento de alcanzar La Moncloa en varias legislaturas, incluso para poner su cargo a disposición del partido. El fracaso de su investidura es un duro golpe para el socialismo español porque ha forzado una candidatura que no era real, un «ente de ficción», como dijo Mariano Rajoy. La investidura de Sánchez era imposible, y lo sabía desde el principio, pero su intención era otra. Sánchez recibió el encargo del Rey para intentar formar gobierno, después de que Mariano Rajoy reconociese que no podía alcanzar la mayoría necesaria, pese a haber ganado las elecciones (con 1.684.837 votos y 33 escaños más que el PSOE). La decisión del presidente del Gobierno fue criticada por pecar de pragmatismo y por no querer obstruir el mecanismo establecido en la investidura. Como se ha visto en los sucesivos debates de estos días –y ayer volvió a quedar claro–, los socialistas han negado, por activa y por pasiva, con trasnochado sectarismo, que nunca pactarían con el PP y que su objetivo no era otro que el de conseguir que Rajoy dejase La Moncloa. El presidente popular podría haber aceptado el encargo de Don Felipe y fingir con grandes dosis de comedia que tenía al alcance de la mano la gran coalición que este país reclamaba, pero es que Sánchez no tenía otro objetivo que el de fortalecerse como líder en el PSOE. Si de paso conseguía el Gobierno con el apoyo o la abstención de Podemos –su peor enemigo y, por lo visto, patológicamente retorcido–, miel sobre hojuelas. El pasado 3 de febrero, Sánchez dijo de manera solemne: «El PSOE dará un paso al frente e intentará formar gobierno y sacar de esta situación de bloqueo a la democracia española y a las instituciones» y ayer insistió en la misma idea. Palabras sin duda tan solemnes como histriónicas, porque su obligación, tal y como está prescrito constitucionalmente, es sólo –que no es poco– tener mayoría para encabezar el Ejecutivo, no «salvar a España». Ni las instituciones, ni mucho menos la democracia española, sufren ningún tipo de bloqueo. Pero Sánchez no sólo no ha podido cumplir con su cometido, sino que ha consumido los plazos establecidos en jugar a dos bandas con formaciones antagónicas y a hacernos creer que disponía de mayoría aunque no contase con el PP, algo matemáticamente imposible. Sánchez ha conseguido sólo un voto más de los que suman los grupos socialista y de Ciudadanos en el Congreso para apoyar el programa que sellaron estas dos formaciones, también con impostada solemnidad, cuando él sabía que sólo podría respaldarlo –con los ajustes y correcciones lógicas de un nuevo socio– el Partido Popular, pero, claro está, no como invitado, sino como primera fuerza nacional. ¿Por qué se empeñó entonces Sánchez en ofrecerle el mismo acuerdo pero servido con otra salsa a Podemos? ¿Cómo es posible que un programa, con las adaptaciones que se quieran, puede servir tanto para el centro liberal como para la extrema izquierda antieuropea? Sánchez utilizó ayer otra de las fórmulas mágicas de la «socialdemocracia líquida» para convencer a un Iglesias desbocado y a un Rivera reencarnado en Suárez: transversalidad (en la primera sesión fue «mestizaje»). Estos días, y ayer mismo, se ha hablado de «diálogo», pero hay que hablar desde bases sólidas y creíbles, y todo indica que el PSOE sólo ha hablado desde la necesidad imperiosa de alcanzar La Moncloa, por el bien de Sánchez. Si los socialistas hubiesen mostrado el menor interés en un gobierno de gran coalición, que afiance el crecimiento económico, que apruebe medidas sociales urgentes y que cumpla con las previsiones de déficit marcadas en la UE, hubiesen encontrado un interlocutor en el PP. Pero no se trataba de eso, como quedó ayer claramente demostrado en el último acto de esta comedia. La intervención de Sánchez no pudo ser más elocuente: «¿Queremos que el presidente del Gobierno continúe? ¿Sí o no?». Sin embargo, ese «gobierno del cambio» sólo ha sumado un voto más de los previstos, el de Coalición Canaria. Rajoy habló de que el «programa no nato» de PSOE y Ciudadanos «pretende la demolición de la obra hecha por el PP en estos cuatro años», una especie de «contrarreforma» para atraerse el voto izquierdista, que, como se vio ayer, alzó el telón para que el Parlamento se convirtiese en un espectáculo de la antipolítica. Hasta el último momento, Sánchez ha intentado acercarse a Pablo Iglesias, que demolió todos los puentes con una grave acusación y cuyo papel en el debate de investidura ha mostrado su cara más intolerante y guerracivilista. El candidato ha comprobado que buscar el voto de Podemos ha supuesto una humillación y, como Iglesias exhibió ayer en su patética actuación, la burla. El lunes volverán las negociaciones, pero esperamos que se basen en hechos reales y no en la necesidad de la supervivencia política.