Podemos pierde el control de sus marcas «plurinacionales»

La Razón
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Para urdir sus alianzas territoriales, Podemos prometió a cada una de sus franquicias que contaría con grupo parlamentario propio. Desde la misma noche del 20 de noviembre, Pablo Iglesias contabilizó sus resultados con 69 escaños, aunque 27 de ellos corresponden, según nos dice ahora, a formaciones diferentes pero coaligadas y hermanas. Hay otro mensaje que Iglesias no se atreve a exponer con su inmodestia habitual: que sin Podemos estos grupos no hubiesen alcanzado su actual número de votantes en Cataluña, Comunidad Valenciana y Galicia. No sólo no es así, si no que Podemos es una más de las fuerzas coaligadas con En Comú Podem y Compromís, como así se lo han dejado claramente expuesto Ada Colau y Mónica Oltra, que vigilan muy estrechamente los pasos de Iglesias. Hay un dato que no se debe perder de vista: Podemos, que se aseguraría una subvención de 114.388 euros mensuales –aunque, de no alcanzar los cuatro grupos diferenciados, obtendría una cantidad sensiblemente inferior–, ha renunciado a ésta con el objeto de demostrar que lo único que le mueve es dar presencia y voz a la «realidad plurinacional» de España. Sin embargo, su promesa ha quedado en nada, incluso cuando durante las negociaciones se les pidió que firmasen un documento en el que se comprometieran a no aceptar ayudas económicas, siempre se negó a rubricarlo. Bien lo sabe Carolina Bescansa. Podemos dio garantías de conceder algo que suponía ir en contra del reglamento del Congreso de los Diputados, que estipula muy claramente que no «podrán formar grupo parlamentario separado los diputados que, al tiempo de las elecciones, pertenecieran a formaciones políticas que no se hayan enfrentado ante el electorado». Es evidente que hay diputados de estas tres candidaturas que son militantes de Podemos y que, de no serlo, no han competido abiertamente, sino muy al contrario. PP, PSOE y Ciudadanos se han opuesto a la creación de estos cuatro grupos. Además, según una sentencia del Tribunal Constitucional, la Mesa del Congreso puede interpretar el reglamento en el sentido que considere. Pero la cuestión que deja abierta este asunto es que Podemos no ha conseguido cumplir lo acordado con sus socios y que, por lo tanto, evidencia que no tiene control sobre ellos y su voto. Es decir, es difícil, o casi imposible, que pueda formar parte de una coalición de gobierno si finalmente el PSOE acepta sus condiciones porque no podría asegurar ni la disciplina de voto, ni acatar los acuerdos ni, sobre todo, marcar su propio perfil político. No olvidemos que Podemos se quedaría en 42 diputados si no consigue asegurarse el control de En Comú Podem (12), que ya ha anunciado que bloqueará acuerdos con el PSOE si éste no acepta un referéndum para Cataluña; Compromís (8), con un sentido mercantilista de diputados que se «prestan» o «dejan» con tal de conseguir grupo propio, y En Marea, que sólo piensa en las próximas elecciones gallegas y necesita ser visibilizada. Ésta es la situación en la que Iglesias deja al Grupo parlamentario de Podemos, el que quería «asaltar el cielo» sin tener ni un solo concejal y que ahora quiere imponer sus propias reglas en el Congreso. Es comprensible que su infantilismo izquierdista les llevara a monopolizar la atención en la constitución de la Cámara pero, pasada aquella representación, no es aceptable que quieran convertirse, con 69 diputados –o 42 más 27– en el centro de la legislatura, dure ésta lo que dure.