Opinión

Sánchez impone el «dedazo» en el PSOE

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Sólo la propia debilidad del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, puede explicar que éste se contradiga a sí mismo lo dicho hace apenas unos meses. Lo hace en política nacional y lo hace también en política de partido. Atrás queda la defensa de unas primarias sin la tutoría de los candidatos por parte del aparato, lo que le permitió ganarlas contra todo pronóstico en 2014 frente a Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias y, tras su dimisión en el traumático Comité Federal del 2 de octubre, volverlas a ganar en 2018 ante Susana Díaz. Algunos veteranos dirigentes socialistas llamaron entonces la atención sobre la perversión que suponía esas reiteradas llamadas al voto de la militancia que tiene como consecuencia la división interna de partido. Como demostración palmaria de esta dinámica contaminada desde origen, dado que es imposible que el secretario general del partido permanezca neutral, es la designación del nuevo candidato a la alcaldía de Madrid. Pepu Hernández es la apuesta personal de Pedro Sánchez para la capital de España, por lo que ya viene con el voto de calidad del secretario general del partido impreso. Otro paracaidista, otra estrella. Efectivamente, en jerga política es un clásico «dedazo» que, además, debe cumplir con el trámite de unas primarias muy especiales. ¿Alguien en un partido como el socialista se atreve a disentir de lo que dice su líder, que es el que tiene la última palabra en la confección de las listas electorales y otros nombramientos? Es sintomático que el único que se haya atrevido a dar el paso sea un veterano militante, Manuel de la Rocha, de la corriente Izquierda Socialista, acostumbrado a estas pugnas a contracorriente. No deja de tener un punto estrafalario que alguien que ni es militante del partido, ni siquiera tenga una trayectoria política como independiente, como es el caso de Pepu Hernández, deba validarse en una estructura tan cerrada y sectaria como la de un partido. Es lógico que exista desconcierto en la militancia, aunque hay un factor que aún tiene más valor: la renuncia del PSOE a presentar un candidato con peso político a una plaza de tanto significado como la de Madrid. Como ex seleccionador nacional de baloncesto es innegable que tiene evidentes méritos deportivos y humanos, como así se le reconocen, pero elegirlo como la persona que debe remontar los sucesivos pésimos resultados de los socialistas en la ciudad de Madrid desde hace tres décadas es depositar sobre él una responsabilidad más allá de sus posibilidades. Que el PSOE, además, no disponga de una candidato con perfil político de primer nivel y experiencia de gobierno explica muy bien su resignación a ocupar un papel secundario. Desde la etapa de Enrique Tierno Galván, cerrada con su fallecimiento en 1986, la caída de los socialistas ha sido continua, con algún repunte con Fernando Morán en 1999 y Trinidad Jiménez en 2003. Desde este momento, el hundimiento ha sido imparable: Miguel Sebastián se situó en el 30,9% (2007), Jaime Lissavetzky en el 23,9% (2011) y Antonio Miguel Carmona en el 15,2% (2015). Por lo tanto, si en diez años los socialistas se dejaron 375.000 votos, en la lógica de Pedro Sánchez lo más deseable sería que en la alcaldía siguiera Manuela Carmena con su apoyo, incluso que ella misma fuera su candidata oculta y que los concejales socialistas sólo fueran el apoyo necesario. Pero la realidad es que el PSOE no puede renunciar a su papel central en la política española. Si renuncia a ocupar su lugar en Madrid, acabará debilitando al propio partido, a Carmena y a la izquierda en general.