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Sánchez tiene que unir al PSOE

La victoria de Pedro Sánchez en la pugna por la secretaría general del PSOE repite, en cierto modo, el guión de lo que viene ocurriendo con los distintos partidos socialdemócratas europeos: una militancia más radicalizada que el conjunto de sus votantes elige a unos líderes que, en lugar de enfrentarse a las consecuencias de la crisis económica y social que se abatió sobre Occidente mediante propuestas de gestión, prefieren unirse a la protesta «indignada», como si su proyecto ideológico fuera incapaz de aportar solución alguna. Ha sucedido en Francia, va a suceder lo mismo en Reino Unido y, en definitiva, puede repetirse en España, donde el PSOE, de la mano del candidato ayer ganador, ya había sufrido dos rotundas derrotas electorales, con sus peores resultados en la historia de la moderna democracia. El triundo de Sánchez no sólo pone al socialismo español en la tesitura de una dirección alejada de una mayoría de sus votantes, en un divorcio que le ha costado casi seis millones de votos desde 2008, sino que supone una mala noticia para la estabilidad política de la Nación, que precisa más que nunca de la existencia de una izquierda moderada, alternativa de Gobierno viable, que se aleje de las viejas fórmulas populistas que sólo suponen mayor presión fiscal sobre el sistema productivo, incremento de la deuda pública e, inevitablemente, estancamiento y recesión. Habrá que esperar, sin embargo, a que el nuevo secretario general explique su programa y dé cuenta de sus intenciones inmediatas para ponderar hasta qué punto el cambio en la dirección socialista puede trastornar el escenario político español, en el que ya no es posible descartar unas elecciones anticipadas. En cualquier caso, la victoria de Pedro Sánchez ha dejado patente la profunda división interna que vive el PSOE, con una clara disociación entre la mayoría de la militancia y los órganos de dirección del Partido, que se habían alineado directamente con la actual presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz. En este sentido, Pedro Sánchez ha sabido capitalizar el rechazo visceral a la derecha de unos militantes que no aceptaron que su partido permitiera con la abstención la investidura de Mariano Rajoy, pese a que se trataba de atender no sólo el resultado de las urnas, sino los intereses generales de los ciudadanos en unos momentos en que España, que se recuperaba a ojos vista de la crisis, necesitaba estabilidad. Fue una decisión política acertada y como tal reconocida por la mayoría de los votantes y simpatizantes socialistas, según recogen todas las encuestas. Pero esa mayoría no votaba ayer. La victoria de Sánchez es clara y, aún así, a nadie se le escapa que el riesgo de ruptura en el partido es elevado, a menos que el ganador actúe con generosidad y espíritu integrador, aceptando que más de la mitad de los militantes socialistas no le han votado y son contrarios a una política que les aproxime, siquiera tácticamente, a los extremistas de Podemos. Es preciso que el PSOE recupere la unidad y ello sólo es posible si se actúa desde la serenidad, la reflexión y la voluntad de acuerdo, sin escuchar los cantos de sirena que, sin duda, vendrán desde la izquierda de Pablo Iglesias, a quien siempre le ha convenido una socialdemocracia desdibujada y alejada de sus votantes y que no oculta las prisas por cambiar el actual equilibrio. Los próximos días darán la medida de lo que se puede esperar del nuevo secretario general socialista. Los antecedentes no son, precisamente alentadores, pero hay que confiar en que todos hayamos aprendido de los errores.

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