Un nuevo error de Aguirre

Madrid no es un feudo más. Todos los partidos que se presentan a las elecciones en la circunscripción madrileña conocen que el resultado puede marcar diferencias a nivel nacional. Retener para unas siglas el Ayuntamiento de la capital y la presidencia de la comunidad motor de España es un objetivo prioritario que refuerza de forma extraordinaria un proyecto. Los partidos, por tanto, saben que se la juegan y que los errores se pagan caros en un territorio en el que las derrotas pesan demasiado. El Partido Popular ha sido una fuerza de gobierno en Madrid en las últimas legislaturas, gracias a un respaldo creciente de los ciudadanos que han refrendado su brillante trabajo elección tras elección. En este tiempo ha sufrido el lógico desgaste inherente a la acción ejecutiva, que, sumada a los efectos distorsionadores de la recesión, ha estrechado los márgenes con sus adversarios de izquierda de cara a la próxima cita con las urnas. En esa coyuntura, a la dirección del PP le ha costado su tiempo designar el tique electoral que pudiera competir por revalidar una mayoría suficiente para gobernar. Cristina Cifuentes es una muy buena candidata para recuperar terreno y está en disposición de frenar a la izquierda una vez más. Pero ese propósito estará más cerca, será factible, si Esperanza Aguirre rema en el mismo sentido y se empeña en achicar el agua de la nave y no en torpedearla. En este sentido, Aguirre prestó ayer un flaco favor con la insólita e inoportuna diatriba a cuenta del futuro liderazgo del partido en Madrid. «Si ponen una gestora, no soy candidata. No soy un monigote. Si soy alcaldesa, veremos qué pasa en el partido». Más allá de que en Génova no estuviera sobre la mesa la posibilidad de crear una gestora en el PP madrileño, el absurdo órdago llegó en un momento delicado para la organización con unas elecciones por delante complicadas. Lo cierto es que pudo abordar cualquier diferencia o desencuentro de una forma menos gravosa y eligió una de las que más podía perjudicar al partido. Rajoy, a diferencia de Aguirre, ofreció ayer una respuesta medida y templada. Dio la polémica por zanjada antes de asegurar que la verdad era que Aguirre sólo dejaría la presidencia del partido si ganaba el Ayuntamiento. Hizo bien. Entendió que el ruido público, las distracciones y las enganchadas sin sentido no aportan nada a la que debiera ser la única meta de los candidatos y del propio PP. Aguirre debe apagar el fuego que ella misma prendió y centrarse en ganar Madrid, no sólo por lo que le atañe al partido, sino por el interés y el bienestar de los ciudadanos. Las elecciones no serán un paseo y el PP no puede permitirse el lujo de transmitir al ciudadano una imagen como la que Aguirre ha dejado. Sería nefasto que el proyecto del PP se malograra por personalismos mal gestionados.