Vigencia de la Constitución

La Razón
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Nunca como ahora, cuando se cumplen 35 años desde su aprobación en referéndum, se había cuestionado desde tan diversos sectores la vigencia de la Constitución española, hasta el punto de que empieza a ser un lugar común la especie de que ha llegado el momento de abordar su gran reforma. Nada más erróneo. En su mayor parte, las dudas suscitadas en torno a nuestra Carta Magna responden a la insistente campaña de los nacionalismos y a la inexplicable actitud de la izquierda frente al desafío separatista. Por fortuna, los padres constituyentes establecieron con claridad las reglas del juego, convirtiendo en quimera política cualquier proceso de reforma que no cuente con, al menos, la aquiescencia de los dos grandes partidos y el respaldo directo en las urnas de la gran mayoría de los ciudadanos. Estas salvaguardas no sólo respondían a la experiencia constitucionalista española, pródiga en fracasos, sino, también, a la decidida voluntad ciudadana de pasar página a medio siglo de divisiones fratricidas con un proyecto común de convivencia. Fue un proyecto coronado por un éxito incontestable. Al amparo de esta Constitución se ha producido la mayor transformación política, social y económica de la historia reciente de España. Bajo su inspiración, se ha conformado una de las democracias más avanzadas de Europa. Nunca antes se había ordenado con igual acierto la convivencia en paz y libertad. Nunca antes, en suma, el edificio institucional del Estado, coronado por la Monarquía parlamentaria, había respondido con tanta fidelidad a los designios de la soberanía popular. De ahí que sea, simplemente, inveraz la afirmación de que nuestra Carta Magna se ha quedado obsoleta y no responde a las necesidades del momento presente. Todo lo contrario. Es en estos momentos de turbulencias y tensiones territoriales, en estos momentos de crisis económica y social, cuando se demuestra la gran virtualidad de nuestro modelo constitucional y su absoluta vigencia. Porque, en definitiva, el cumplimiento de la Constitución no es más que el respeto a las leyes que nos hemos dado todos los españoles. La Carta Magna goza, pues, de excelente salud, sin que se precisen en el horizonte perentorios cambios que, en cualquier caso, deberían responder a los principios que la inspiran: que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español y que el Estado se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española. Cualquier pretensión de modificar su letra o su espíritu por la puerta de atrás, como se intentó con las reformas de los estatutos de autonomía en la última legislatura socialista, debe ser rechazada sin contemplaciones. Es mucho lo que hemos ganado en estos 35 años y mucho lo que podemos perder.