Opinión

Vuelve la crisis al PSOE

La Razón
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La decisión de Pedro Sánchez de destituir fulminantemente a Tomás Gómez como secretario general de los socialistas madrileños ha abierto, de nuevo, una crisis dentro del PSOE cuyas consecuencias son impredecibles. El acuerdo fue tomado por la ejecutiva federal socialista, pero una postura tan rotunda compromete seriamente a Sánchez, aunque haya contado con el apoyo de la mayoría de líderes territoriales, y, muy probablemente, acabará radicalizando y haciendo irreconciliables a los sectores enfrentados. Sánchez se equivoca porque esta crisis sobrepasa el ámbito orgánico, ya que se desencadena a tres meses de las elecciones municipales y autonómicas, en las que Gómez debía concurrir como cabeza de lista a la presidencia de la Comunidad de Madrid, además de ser los primeros comicios a los que se enfrenta el PSOE desde la llegada a la secretaría general de Sánchez, por lo que en ellos pone en juego su liderazgo, hecho relevante que puede dar alguna clave sobre su decisión. Por lo tanto, abrir esta crisis supone asumir riesgos que, con una agenda electoral tan apretada, parecen excesivos. La razón esgrimida para el cese del secretario general de los socialistas madrileños es el «deterioro grave» que estaba provocando para la imagen del PSOE la «operación Púnica», en la que está implicado el sustituto de Gómez en la alcaldía de Parla, y las últimas investigaciones sobre la financiación del tranvía de esta ciudad del sur de Madrid. Gómez ha reclamado, con todo su derecho, poder defender su honradez, pues ni está imputado ni, según ha argumentado, el aumento del precio del polémico proyecto ha dependido de él. El precedente abierto por Pedro Sánchez parece haber alertado a los barones territoriales que, de momento, han recibido con cautela la decisión de su jefe de filas. Que el secretario general del PSOE ha querido dar un golpe de autoridad es innegable, sea sólo por ese motivo o por someter a una federación que está fuera de su control; otra cuestión diferente es la oportunidad para afirmar su liderazgo en un momento tan crítico para la izquierda española, que se encuentra totalmente fraccionada y, en el caso de la Comunidad de Madrid, sin candidatos. Que el PSOE emprenda de nuevo un debate sobre el liderazgo en el partido no es lo que en estos momentos necesita la sociedad española. Debatir es bueno, sin duda, pero sólo si encima de la mesa se ponen los problemas que de verdad interesan a la ciudadanía. La izquierda española vive una crisis de identidad –necesitan definir sus políticas económicas y sociales más allá de las recetas ortodoxas– por lo que paralizarse en discusiones orgánicas, apenas seis meses después de la elección de Pedro Sánchez en un congreso extraordinario, sólo puede provocar el desánimo en el electorado socialista y el aprovechamiento que de él pueden hacer partidos como Podemos, especializados en ahondar los sentimientos más negativos y adversos.