Macron, Sánchez y la toxicidad de Cs

La Razón
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Albert Rivera debe arrepentirse a diario del momento en el que se le ocurrió el plan de entregar a Valls y sus derivadas el partido que ganó las últimas autonómicas catalanas y que hoy no atraviesa su mejor momento en aquel territorio. Por derivadas hay que entender ese pepito grillo de Cs en que Macron se ha convertido sin que nadie le invitara a la fiesta. Que el líder del tercer partido español no pare de recibir pescozones del inquilino del Elíseo es un episodio surrealista y desagradable, pero no inocente. Macron dirige un país al que no le falta un problema, pero sí soluciones y podría volcar sus entusiasmos en la agenda doméstica que falta le hace. Esa obsesión con Rivera no puede deslindarse así como así de su cada día mayor sintonía y colaboración con Pedro Sánchez. Blanco y en botella. Y sigue en las mismas. Albert Rivera intentó salir airoso del enredo Valls-Vox cuando dijo en Bruselas que París, Macron, apoyaba sus pactos y que les había felicitado. Poco después, El Elíseo lo negó con el penúltimo puntapié en la espinilla del líder naranja. El desaire emborrona de forma absurda y evitable la imagen de Rivera y, aunque es cierto que en el pecado lleva la penitencia, no lo es menos que a Macron se le ha puesto cara de Sánchez como si actuara por encargo.