«El caos o yo»

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Imagino que Macron entiende esta frase del general De Gaulle, pronunciada en 1958, en aquellos albores de la V República. Él nacería veinte años después, pero tanto en la facultad de «Sciences Po» como en la ENA, la acreditada escuela de administración pública, el fracaso de la IV República con 24 inestables gobiernos en su haber y el nacimiento de la actual fueron temas ampliamente estudiados.

Por edad –39 años– podría compararse a Napoleón. Pero el corso ya le llevaba ventaja: a esta edad había organizado la primera expedición a Egipto (1798), dado el Golpe de Estado de Brumario (1799), autoproclamado Emperador (1804), conquistado Berlín, Varsovia y entrado en España (1808). Poco después, se divorciaría de Josefina (1809), mujer de mayor edad que él, como ahora lo es Brigitte Trogneaux.

Pero en las especiales circunstancias de la Francia de hoy, creo hay mas paralelismos con De Gaulle. Releer hoy a sus dos biógrafos –Jean François Revel y Jean Lacouture– y comparar gestos y palabras con los de Macron, no deja de ser un ejercicio interesante. Por supuesto, salvando distancias.

La vida de De Gaulle viene marcada por las heridas –físicas y morales– de la Primera Guerra Mundial y su reacción ante la invasión alemana durante la Segunda. Fuera de Francia se irá formando el mito, arropado por la BBC de Churchill en Londres. En su llamamiento del 18 de junio de 1940 se opone abiertamente al Gobierno de Petain y se niega a admitir la derrota. Allí ya transmitirá un tono místico a sus palabras, allí ya se arropará en canciones patrióticas como «El canto de los partisanos». Con la victoria de 1944 el mito se convierte en leyenda, aunque dos años después pasará a la sombra. Al igual que Churchill, ya no interesa a la nueva clase política. Pero tras el fracaso de la IV República, en plena sangrante crisis de Argel, regresa. Lo hace con la misma mística, con el abierto gesto de sus brazos en uve victoriosa –que Macron repite–. «El régimen de los partidos no ha sabido resolver los problemas, especialmente los de los países asociados de África». Y apela al patriotismo: «El amor a tu propio pueblo debe ser lo primero», contrario a lo que pregonan los nacionalismos «en los que lo primero es el odio a las personas distintas». «Grandeur et rassemblement» (reagrupamiento) parece repetir Macron hoy, falto de un verdadero partido que lo sustente, consciente de que 26 millones de franceses no le han votado. ¿Puede conseguirlo?

La nueva etapa de De Gaulle durará hasta 1968. Un año después, graves disturbios conmocionan Francia. Se considerará traicionado. Volverá a la sencilla sombra de sus raíces. Como reconocerá Revel (1), «eran tiempos en que los servidores públicos eran austeros y cultos, se retiraban sin prebendas cuando, sencillamente, dejaban de sorprender». Malraux matizará: «De Gaulle no quiere pertenecer a fuerza alguna y por tanto no aspira a oponerse a nadie». Y sentenciará: «Su grandeza no está en Versailles, sino en su austeridad».

Verdadero hombre de acción, el General atesoraba dos virtudes esenciales para un hombre público: arrojo y decisión. Los tuvo en cada momento de su vida, aun a riesgo de perderla. Porque sus enemigos lo fueron a muerte.

En el trato con las masas, se presentaba educado y a la vez distante. Parecía que la «grandeur» se confundía con su corpulencia y con su carácter. Pero motivaba. Enardecía. Luego se encerraba en un: «Nada realza tanto la autoridad como el silencio». La radio volvió a ser su medio de instrumentalizar una crisis como la de Argel, ya en tiempos en que los soldados escuchaban en sus transistores lo que decidía París por encima de lo que ordenaban coroneles del «putsch» en 1961. Los atentados y su propio carácter le hicieron distanciarse del contacto popular. En los mítines cruzaba con paso decidido entre cientos de brazos que querían tocarle. No iba con él. ¡Bien diferente el elegido nuevo presidente!

Jean Lacouture escribirá en 1969 (2) una biografía más crítica del general, que luego ampliaría y retocaría en tres amplios tomos en 1986(3). Duda de su mística y desmonta el mito del «insobornable general de los años cuarenta y desconcertante presidente de la V República». Pero entonces el 79,2% de 22 millones de franceses sobre un censo de 26, le votaron su nueva Constitución, la actual. Hoy, sobre un censo de 46 millones Macron ha obtenido un 65%, pero arrastra el déficit de un 34% favorable a Le Pen y la amplia abstención o votos nulos de 15 millones de franceses. Si le dan tiempo, no le vendrá mal a Macron releer las biografías sobre De Gaulle. Al igual que el general, deberá sortear adhesiones interesadas y prever traiciones. ¡Es la política!

(1) «Le style du General». Julliard.1959

(2) Cuadernos para el Diálogo. Madrid 1969.

(3)France Loisirs. Paris 1986.