El dilema

¿Dónde está entonces el límite de nuestra legítima defensa cuando el peligro no se exterioriza claramente como lo fue en Niza, en Westminster o en Orly?

La Razón
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El pasado 18 de marzo, a primera hora de la mañana, en un abarrotado aeropuerto de Orly, una patrulla del Ejército del Aire francés abatía a un hombre de 39 años que había intentado robar el arma a una soldado que formaba parte del reforzado servicio de seguridad que vive Francia desde los atentados de 2016. El ministro de Defensa galo, Jean Yves Le Diran, destacó «la profesionalidad y la sangre fría de los soldados que reaccionaron en un forcejeo que duró escasos dos minutos». ¿Qué hubiera pasado si en la refriega hubiesen muerto dos viajeros ajenos al incidente? ¿Y si los soldados –seres humanos– se hubiesen confundido?

En este caso, el enemigo aparecía definido, como lo fue el asesino del Puente de Westminster tras atropellar a cuarenta viandantes y acuchillar a un «bobby» desarmado que se encontraba a la puerta del Parlamento. ¿Aparece siempre el enemigo tan definido? No es la primera vez ni será la última en que un militar o un policía disponen de escasos segundos para tomar una decisión.

En un magnífico trabajo firmado por el teniente Coronel José Enrique López en la revista «Ejército» (1), analiza un conocido caso, descrito en un libro por el autor de los hechos y llevado al cine con respeto y rigor. (2) En junio de 2005 una patrulla de SEAL –Fuerzas Especiales USA– realizaba una misión secreta en las montañas fronterizas entre Afganistán y Pakistán. Intentaban localizar a un líder talibán que capitaneaba un contingente de 150 efectivos. El grupo de cuatro hombres lo dirigía el suboficial Marcus Lutrell. Cerca del objetivo se toparon con tres pastores afganos, uno de ellos un menor de unos 14 años. Y surgió la duda: ¿qué hacemos con ellos? Eran tres civiles desarmados. Lutrell consultó con sus hombres: uno era partidario de eliminarlos por el riesgo que entrañaba el que los delatasen; otro se opuso: no quería convertirse en un asesino; el tercero no quiso votar: haré lo que diga mi superior. Y el voto de Lutrell fue definitivo para dejarles marchar. Su conciencia le impedía ejecutar a unos cabreros a sangre fría.

No habían pasado dos horas cuando los norteamericanos se vieron envueltos por un nutrido grupo talibán. En el enfrentamiento murieron los tres hombres de Lutrell más otros 16 de un helicóptero que acudía en su ayuda, derribado por los mismos talibanes. El suboficial salvó milagrosamente la vida arrastrándose hasta una aldea pastún próxima a una base de la OTAN. «Fue la decisión más estúpida y descerebrada que he tomado en mi vida» confesó. ¿Cierto?

¿Dónde trazamos la línea que separa a un militar de un criminal de guerra?, se pregunta el TCOL. López, añadiendo: los dos puntos que definen esta línea vienen señalados; el primero, por el uso legítimo de la fuerza connatural del Estado de Derecho y el segundo, por la formación moral del soldado cuando se enfrenta a dilemas éticos que pongan a prueba sus convicciones y su capacidad de razonamiento en decisiones que impliquen la muerte de personas.

La decisión de Lutrell fue la correcta no solo porque no controlaba todos los parámetros implicados en la misma –los pastores pudieron regresar a su aldea «olvidándose» de los soldados americanos–, sino porque era lo moral y éticamente acertado. Si hubiera tenido la certeza de que los pastores le denunciarían ¿hubiera actuado de la misma forma? Es fácil a toro pasado opinar. E imagino que cada lector sacará sus conclusiones.

¿Dónde está entonces el límite de nuestra legítima defensa cuando el peligro no se exterioriza claramente como lo fue en Niza, en Westminster o en Orly?

He citado antes que la acción fue tratada con «respeto y rigor» que es lo que merece. Porque, pasando a territorio nuestro, resalto como positivas las declaraciones de unos actores que han intervenido en una película «Zona hostil», dirigida con acierto por Adolfo Martínez y que constituye una «rara avis» de nuestro cine ceñido normalmente a estereotipos caducos y deformados. Refiere las reacciones humanas de unos soldados españoles, también atacados por talibanes en unos hechos que vivieron en Afganistán en 2012. Aparte del acertado guión, constato que, tras una larga convivencia, sus intérpretes han sabido «ponerse en la piel» de los soldados. Destacan de ellos su valioso «lado humano, lo que ha tenido un efecto de vacuna contra prejuicios» (Ariadna Gil). Y resalto una frase significativa: «Su vocación les lleva a salvar a la gente, incluso por encima del miedo». (Roberto Álamo). Interesante por venir de quien viene. Porque habla de vocación, habla de sociedad/gente, habla del miedo. Porque mucha gente no alcanza a pensar que el soldado siente el miedo como cualquier ser humano. Lo importante es que sepa superarlo, por esta mezcla de vocación, disciplina y espíritu de equipo que le cohesiona y le da fuerza.

Siempre quedará el difícil dilema. Solo una sólida base moral podrá ayudar a resolverlo.

(1)Revista Ejército num. 910. Febrero 2017.

(2)Lutrell, M y Robinson,P. «The Eyewitness Account of Operations Redwing and the Lost Heroes of SEAL». NY 2007.