Final de una guerra penúltima

Estamos conmemorando la etapa final de una guerra que muchos de sus protagonistas llegaron a creer que sería la última de las europeas sucedidas durante más de seis siglos. Sin embargo, muchos historiadores coetáneos llegaron ya entonces a la convicción de que si por desgracia volvía a repetirse, ya no sería europea sino mundial como efectivamente llegaría a producirse. Inglaterra, Francia e Italia con algunos otros aliados vieron en la respuesta armada al kaiser una necesidad de impedir que el Reich devolviera a la germanidad un protagonismo anulador de todos los cambios traídos por la revolución francesa y el liberalismo. Los intereses en juego se desarrollaron en forma tal que borraron el primero y más importante de los perfiles: la necesidad sentida por Europa de coordinar sus relaciones internas ya que enseñaba a todos los países. Por ello se repitieron en 1918 errores muy serios: los trata dos de Verdún no buscaron el restablecimiento de esa unidad jurídica sino que se limitaron a ajustar cuentas al vencido sin percatarse de que parte de la misma iba a ser por ellos pagada. Norteamérica se negó a tomar parte en el juego pues comprendió y a la larga experimentó también los daños que la rebelión de las masas y la gran depresión significarían.

Tendremos que aguardar hasta 1947 para que políticos eminentes y de diversas naciones comprendiesen dónde estaban el valor y la necesidad. Y tras las experiencia de ese siglo, «el más cruel de la Historia», nos congratulamos de haber alcanzado cierta forma positiva de unidad. Aunque sigamos considerándonos como españoles, sabemos muy bien que ante todo somos ya europeos. Sin negar en modo alguno el valor del país en que le ha correspondido nacer, el europeo sabe que todas sus posibilidades de futuro dependen de la consolidación de esta unidad.

En 1918 coincidían también los veinte años en que se produjera aquella perdida de los últimos resortes de aquel vasto mundo atlántico que España construyera con resultados muy favorables económicos y culturales que ahora parecían hundirse en las nieblas de la quiebra. Lo que los grandes políticos recomendaban precisamente a Alfonso XIII que España nada tenia que ver con esa terrible guerra excepto en lamentar los daños que a la misma siempre acompañan. Es fácil comprender que entre los ciudadanos había diferencias de opinión y, mientras liberales o republicanos deseaban la victoria de los aliados, los conservadores mostraban simpatía hacia Alemania. Resultaba, sin embargo, evidente, y en esto insistían el monarca y sus colaboradores, que la guerra en sí misma era un mal. A este mal se debía responder. España empleó con insistencia ese término neutralidad del que Alfonso XIII hizo un uso cargado de novedades y que constituye una de las aportaciones esenciales a la vida europea. No se trataba de un simple no belicismo, sino de mostrar una capacidad de entendimiento con los dos bandos aportando pasa ello los recursos humanos. Principal entre las misiones de este neutralismo llegaría a ser la negociación con las grandes potencias a fin de procurar un remedio a los daños que la guerra estaba llegando a causar. Mantener comunicaciones mercantiles en el Atlántico fue uno de los datos. Pero el empeño principal en el que puso Alfonso XIII más personal esfuerzo se orientaba hacia conseguir el rescate de prisiones. Grandes oficinas diplomáticas tuvieron que construirse: se trataba de que ambos bandos fijasen un número equivalente de prisioneros a los que se podría intercambiar como en algunas ocasiones precedentes ya hiciera España. Y de ahí nació un principio que se ampliaría en la siguiente guerra: quien consiguiera llegar a territorio español no podría ser devuelto a sus aprehensores.

Se trata de una norma jurídica que en el futuro se vería reconocida de una manera general aunque no fuese aplicada en aquellas ocasiones en que la violencia se torna dominante como será precisamente el caso de los totalitarismos que precisamente en estas fechas se estaban desatando. Es importante destacar que en España fue respetada y aplicada precisamente en el momento de expansión de los totalitarismos. Decisión importante fue también la que tomó Alfonso XIII al acudir en apoyo de las comunidades cristianas y judías toleradas en el Imperio turco. Para ello hizo valer la condición de «protector de los Santos Lugares» que las autoridades egipcias y otomanas reconocieran a sus lejanos antecesores titulares de Sicilia. Es protección que en aquel momento serviría para evitar que los sefarditas fuesen expulsados y tuvo, como tantas veces indicamos, la consecuencia de librar a España de los horrores del holocausto.

Este es el principal recuerdo que debemos sentir al conmemorar esa fecha significativa de la Historia. Se estaba descubriendo en forma correcta el ser de Europa. Los historiadores no debemos cansarnos en repetir los lados positivos, evitando el retorno a esa dimensiones moralmente comarcales que nos amenazan. Europa es y debe seguir siendo vehículo y garantía de unidad. No debemos perderla.